Ocho días después del terremoto apenas comienzan a decantarse los verdaderos efectos de la destrucción.
El gobierno nacional y las entidades comprometidas en los rescates de las víctimas y la remoción de escombros insisten en que los balances son parciales.
Y lo son porque cada día, cada hora, surgen más y más historias dolorosas que cuentan una nueva tragedia sobre la cual se derraman nuevas lágrimas.
Una tercera parte del país recibió toda la fuerza devastadora de la naturaleza. Los reportes de muertos y desaparecidos crecen a medida que avanzan las cuadrillas de rescatistas en su loable tarea, movidos por la esperanza de seguir encontrando a su paso milagros de nuevos sobrevivientes, a pesar de que la llamada ventana de oportunidad o de vida se cerró al completarse cinco días después del episodio sísmico.
Ahora el dolor tiene rostros ante los cuales es imposible no conmoverse. Son los de miles de sobrevivientes que lo perdieron todo sin que cuente su estrato socioeconómico.
Es su angustia de no saber qué hacer y cómo comenzar de cero después de enterrar sus muertos.
Es el peso de la incertidumbre de verse en la calle, muchos de ellos sin carpas mejor adaptadas sino bajo toldos que para completar, no atajan la lluvia que cae de manera intermitente en ciudades como Cali, Pereira, Quibdó y decenas de poblaciones intermedias.
Resulta positivamente abrumador ver la solidaridad despertada en todas las regiones del país y en muchas naciones que desde lo más lejano han enviado sus ayudas a quienes lo perdieron todo.
La tarea humanitaria apenas comienza y debe permanecer mucho tiempo mientras las primeras decisiones del nuevo gobierno nacional toman forma y se traducen en una cruzada de reconstrucción de las ciudades afectadas.
Lo “material” deberá ir avanzando pero la psiquis de los afectados también debe ser atendida y de manera prioritaria.
Es lo que llamo “reconstruir el alma”, profundamente dañada por las pérdidas de seres queridos y de lugares y entornos que significaron una vida personal y familiar.
Es un inmenso duelo nacional que en cada uno de nosotros y de las víctimas sobrevivientes tendrá manifestaciones, unas leves y otras más severas según el caso.
La salud mental debe ser atendida y reconstruida a la par con la recuperación física del país.
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