Que no ardan las cometas

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En una de estas tardes calurosas de agosto intenté, como era costumbre hacerlo desde mi niñez con mi padre y años después empecé a hacerlo con mis nietos, salir con nuestras cometas hacia uno de los cerros tutelares de mi ciudad para disfrutar viendo que ayudábamos a llenar el cielo con la fantasía de los papelotes.

Pero resulta que por querer primero fundamentar el acto placentero con literatura me ocurrió algo impredecible, el tiro me salió por la culata: Daniel Felipe y Angie Mariana, tras leer el mito de Dédalo e Icaro, por primera vez fueron renuentes a secundarme. El mito dice que Padre e hijo tuvieron la osadía de querer volar como las aves.

Se pegaron plumas con cera a sus cuerpos para escapar de Creta, imitando a las aves. Dédalo tuvo en cuenta advertirle a su hijo Ícaro que no se les ocurriera volar tan cerca al sol porque al derretirse la cera podían perder las alas, precipitarse y morir en el vacío. Por los pueblos donde pasaban salían los campesinos a admirarles, creyendo se trataba de dos dioses.

Pero la imprudencia de Ícaro al desobedecer a su padre y acercarse al sol, provocó que perdiera sus alas y cayera al mar. Suficiente para que desecharan la invitación y me pusieran en aprietos de tener que explicarles si lo mítico pudiese volver realidad porque esa tarde la temperatura subió a 35 grados y sería muy posible que el ardiente sol quemara nuestras cometas. ¿Cómo buscar una explicación no apocalíptica, si ellos se enteraron que la selva amazónica aún ardía en llamas?

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