Pulp Fiction

Rodrigo Fernández Chois

El nobel Francois Mauriac escribió: “Dime lo que lees y te diré quién eres, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees”. No pongo en duda una sólo letra de tan acertado juicio. Es más, incluso me atrevo a complementar la frase involucrando al Séptimo Arte: “Y dime qué película repites sin cansancio y te conoceré aún mucho más.”

Perdemos mucho tiempo viendo verdadera basura fílmica. Un mal libro, después de las primeras páginas lo podemos dejar de lado. Una película, bueno, existe la posibilidad de levantarnos del teatro y salir -si es que vamos solos- o presionar el comando “stop” del reproductor. Sin embargo, el tiempo de duración es tan relativamente corto que -aun reconociendo en los primeros minutos de que se trata de un bodrio- guardamos la esperanza de que la trama mejore. Pero cuando nos topamos con esas producciones cinematografías que nos hipnotizan, simplemente nos enamoramos de ellas y podemos llegar a verlas varias veces sin cansancio. Y así como los buenos libros se convierten con el paso del tiempo en obras clásicas, las buenas películas adquieren un adjetivo igual o más bello aún: se vuelven “de culto”.

Toda esta introducción para rendir homenaje a los veinticinco años de Pulp Fiction, la película que consagró al director Quentin Tarantino.

No me alcanzaría el periódico entero para explicar por qué no me canso de ver esta maravillosa obra de narrativa no lineal, exquisita ironía y tramas entrelazadas en las que un reloj escondido, una inyección de adrenalina, la práctica del Bondaje y el twist crean un coctel que solo puede ingerirse con Ezequiel 25:17 de cortina.

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