Rodrigo F. Chois

Procastinación e impuestos

Rodrigo F. Chois

Procastinar es una palabreja que se encuentra en la lista de mis defectos. Para los criticones puede evidenciar pereza, pero pienso que cuando ejecuto una tarea a última hora, la inspiración me llega… ¿O será al revés?

En fin, procastiné hasta último momento para la elaboración de la declaración de renta de mi mamá. ¡Estamos en fechas de declaraciones!

Consulté tres veces el calendario tributario para saber cuál era la fecha conferida de acuerdo con los últimos dos números de su cédula. Y como lo de ella era simple: una cosa de estricta presentación con saldo a favor insignificante, me senté frente al ordenador para su elaboración justo la tarde del día límite. Y fue ahí donde el programa de la DIAN me puso a padecer. El tic tac del reloj corría mientras mi inconsciente me recordaba una y otra vez que Einstein sentenció que no había nada más difícil que hacer una declaración de impuestos.

Después de un centenar de intentos al no poder hacer la firma digital por fallas de reconocimiento de contraseña, llamo a dos amigos contadores. “Sí, eso está fallando. Usa otro navegador”, me aconsejó el uno. “Hacela litográfica y volá pa`l banco a presentarla”, me dijo el otro. Después de que fracaso con el primer consejo, imprimo el documento, lo hago firmar y salgo disparado para el banco. Una fila terrible y cuando me atienden, la cajera sonriendo me dice: “Pero la firmó donde no era, no se la puedo recibir”. Casi lloro. “Vaya y la arregla… Y me la entrega por un ladito”, me dice con compasión.

Conclusión: En materia de impuestos ¡Prohibido procastinar!

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