Poly, la madre de mi hijo

Miguel Yusty

Con el mismo estoicismo, con la misma calma, con la misma magia de su silencio, falleció el pasado 27 de noviembre la madre de mi hijo Miguel Ernesto. Su vida transcurrió entre grandes periodos de capacitación e investigación obteniendo todos los doctorados posibles. Convirtió, siendo directora del consultorio jurídico de la Santiago, a muchos abogados en verdaderos juristas. Edinson Bertín, su esposo, quien la acompañó durante muchos años, hasta su último día la cuidó con la delicadeza solo comparable a los hombres que le dedican su vida a la mujer de sus amores.

A Poly la conocí en un encuentro de juventud y de él nació nuestro hijo Miguel Ernesto, nuestra vida fue la de la sorpresa que en ese tiempo significó tener bajo nuestros brazos a un hijo, que nos ha llenado de orgullo y que ha sido un compañero permanente y un amigo perseverante en los requerimientos de la vida.

Mis recuerdos de esa juventud están marcados por la música, por la política, que en la década del sesenta nos exigió asumir posiciones de militancia, ella y yo salíamos llenos de romanticismo con un libro debajo del brazo, a protestar por los fenómenos de inequidad, que todavía hacen parte del mapa de la pobreza de nuestro país. La huella que ella deja en mi vida será imborrable, como lo fue nuestra amistad a lo largo de muchos años, que nos brindó el milagro de compartir y de transmitirle a nuestro hijo el amor por la cultura y el encanto por el trabajo y la excelencia.

No puedo ocultar mi tristeza y el vacío que para Miguel Ernesto significa la ausencia de su madre, quien se la jugó toda por él y fue su guía en sus procesos de formación y de consolidación de sus principios. Poly extendió su manto de bondad y de perdón a quien esto escribe y fue mi amiga sin reclamos, en los momentos difíciles de mi vida que se vieron compensados por casi 25 años celebrando con Edinson, con mi hijo, nuestros cumpleaños y nuestras navidades.

El 25 de noviembre, cuando celebraba mi cumpleaños, me envió como último regalo seguramente entregado con sus manos temblorosas, un frasquito de 4 Life, cuando en otras celebraciones su costumbre era regalarme libros, recordando cómo en nuestra juventud mientras escuchábamos a Manzanero, hablábamos de Sartre; cuando lo hacíamos con Sandro de América discutíamos sobre Freud y cuando rematábamos deleitándonos con Héctor Lavoe, releíamos El 18 brumario de Marx. Sin embargo, a Roberto Ledesma y Vitín Avilés los escuchábamos en silencio, sin recurrir ni a Cortázar ni a Borges, callados, como haciéndole un homenaje a éstos, nuestros boleristas inolvidables.

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