El caso de María Camila Potosí que ha conmovido a la ciudad, podemos pensarlo como la cresta de una ola que viene creciendo y cuyo fondo oculta múltiples realidades dolorosas e inaceptables.
Como todos sabemos, esta joven embarazada de 8 meses fue hallada sin vida en las orillas del río Meléndez, muy cerca del sector en el cual vivía, su bebé había sido robada.
A su asesinato se suman el de Marcela Gómez y Jennifer Estrella, desaparecidas y encontradas posteriormente sin vida… Se suman igualmente los asesinatos de 49 mujeres en lo que va de 2026, estos crímenes hacen parte de unas estadísticas mucho más amplias que señalan a Cali como una ciudad inmensamente peligrosa para las mujeres y con tasas muy altas de impunidad en este terreno.
Es claro que las circunstancias que han rodeado la desaparición y muerte de María Camila, hacen de este caso una realidad especial que requiere toda la atención y empeño de las autoridades y toda nuestra solidaridad con su familia.
Pareciera ser que la ciudad no cumple con las condiciones necesarias para proteger a sus habitantes -en este caso a las mujeres- de los peligros que las acechan, del odio, la venganza y el desprecio.
Nos encontramos en un momento de la historia de varios países occidentales, en el que los feminicidios parecen haberse convertido en una verdadera pandemia, ante la cual no existen ni remedios inmediatos, ni vacunas preventivas.
¿Qué pasa en nuestras sociedades en las que no logramos relaciones sanas entre mujeres y hombres? Rita Segato muy acertadamente habla de, el odio hacia las mujeres… este odio es una realidad innegable ¿Cómo enfrentarlo? ¿Cómo salvarnos de él? ¿Cómo construir una sociedad en la que el encuentro, el amor y la colaboración entre los sexos sea un norte que nos guíe? Cali, capital de la rumba y de la salsa, se está mostrando como un conjunto muy alejado de los caminos ideales para las relaciones de género y sus autoridades no están señalando una ruta que lleve a superar la toxicidad y el peligro en este ámbito.
Nos toca a las mujeres tomar conciencia, unirnos, organizarnos… y construir refugios y estrategias de defensas que permitan serenar esas olas de las que estoy hablando.
Cada una y cada uno tenemos que formularnos la pregunta: ¿Cómo puedo contribuir a frenar esta ola? ¿Cómo puedo contribuir a generar relaciones de amor, sanas, entre las mujeres y los hombres?
Es posible que estos crímenes respondan a circunstancias alejadas las unas de las otras, pero el conjunto y la sumatoria constituyen un cuadro que requiere urgentemente ser abordado integralmente con prontitud, celeridad y decisión.
El gobierno municipal tiene que prender sus propias alarmas y definir una ruta que pare radicalmente la situación y logre resultados en las investigaciones y condenas rotundas.
Igualmente las organizaciones de mujeres tenemos que despertar las alertas y activarnos frente a los hechos que más tarde o más temprano nos pueden llegar a todas.
Es imprescindible configurar un tejido social amable pero sobre todo seguro para mujeres, niños y niñas y población vulnerable a las violencias que se pasean rampantes por nuestra ciudad.
Una ciudad que no cuida a sus habitantes más desvalidos es una ciudad que no merece nuestro amor y respeto.
Cali no puede ser la capital de la alegría, ni de la rumba, ni de la salsa si no es primero la capital del amor y del respeto en sus relaciones.
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