Si el 7 de agosto Cepeda toma posesión como presidente, nadie sabe si el día 8 estaría poniendo a ordenes de la justicia norteamericana al expresidente Petro, a quien para entonces le habrán abierto proceso y pedido en extradición por lo que dijo públicamente Pipe Tuluá, unas horas antes de que lo despacharan en un avión de la DEA, o por las delaciones que Maduro o Fito, el bandido de Manta, pudieran haber dado para negociar con mentiras o exageraciones sus rebajas de pena.
Y Cepeda lo extraditaría muy probablemente no por estalinista redomado sino porque él no es, ni será recibido con agrado en Washington y estaría inutilizado como negociador ante el salón Oval donde Trump, como los emperadores romanos, hunde, condena o traiciona.
Pero si Petro se juega la gauchada de convencer a Cepeda que renuncie a la candidatura presidencial alegando su repetido perfil oncológico, una convención extraordinaria del Pacto Histórico podría cambiarlo como candidato por alguno de los tres antiguos miembros de su mandato, Roy, Lizcano o Murillo.
Roy y Murillo han demostrado su habilidad como embajadores aunque fue el chocoano como canciller o embajador ante Washington quien demostró su eficiencia.
Ninguno de ellos tiene el respaldo electoral que ya consiguió Cepeda en las primarias de la izquierda.
Empero uno de los tres, de manera más sibilina enfrentaría mejor que Cepeda las inevitables negociaciones sobre la pretendida extradición que pedirían los norteamericanos.
Convencer a Cepeda que renuncie dada su nula relación con los gringos, es vacunarse a tiempo. Hacerlo con Murillo que como candidato no ha tenido un jefe de prensa, es riesgoso.
Roy es un ave fénix y ha brotado muchas veces de sus cenizas. Lizcano estudió en Harvard y sabe dónde queda la Casa Blanca. Eso si, con cualquiera de ellos le iría mejor a Petro que con Cepeda, porque con Paloma o Abelardo, ni se diga.
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