Muchos temían que el latente enfrentamiento entre Petro y el presidente electo tuviera su primera escaramuza ayer 20 de julio.
El que Petro hubiese decidido no llenar por última vez como presidente la Plaza de Bolivar, que le ha servido de termómetro desde cuando era alcalde de Bogotá, no podía ser gratuito.
El que hubiese trasladado su oratoria y el desfile militar para Ciudad Bolívar, ponía a pensar si en determinado momento la fanaticada de lo que él llama el pueblo, se dejaba enervar por su verbo y terminaba creando una oleada de protestas desde ese rincón bogotano hasta el capitolio.
No fue sino que el alto mando de las fuerzas militares que le acompañaron en el tradicional desfile del 20 de julio se retiraran de la tribuna antes del discurso presidencial y el significado del momento cambió de rumbo.
El torrente de palabras, solo palabras, del presidente en ejercicio acumuló los mismos temas de siempre, pero no pasó a la acción.
No fueron muchas las diferencias en ese discurso con el que hizo ante el Congreso. Repitió su tesis del fraude de los algoritmos gringos.
Revivió sus odios contra los hermanos Bautista, los dueños de la empresa contratada por la Registraduría, pero quizás porque devolvió el símbolo que pretendió crear con el sombrero de Pizarro, su artillería disparó contra Trump y Netanyahu, responsabilizándoles del triunfo de Abelardo, aunque casi que lloviendo sobre mojado pues repitió lo que muchos estamos diciendo desde hace unos días sobre la conversión de Colombia de república independiente a virreinato de Washington.
Lo preocupante es que volvió a amenazar el futuro de la patria advirtiendo que si el próximo gobierno modifica el desorden que nos trajo su giro a la izquierda, decretaría un paro nacional y promovería grandes movilizaciones agrarias y juveniles.
Afortunadamente todo es hasta ahora lo mismo de siempre, palabras, solo palabras para asustar.
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