Me encanta la música de Roberto Carlos, pero no quiero tener un millón de amigos. Sólo quiero escribir mejor para que me quieran los que tengo. La vida de nuestros amigos nos sacude haciendo que les valoremos cuando quizás no les concedíamos el tiempo merecido. Profeso una amistad de más de medio siglo con el maestro Oscar Amelines, en razón a que el destino nos encaminó por senderos cercanos. Nos conocimos cuando él ayudaba a su padre con la distribución de productos comerciales y yo colaboraba en la tienda de mi abuelo. Aunque Oscar Amelines estudió en el Politécnico Municipal y yo en la Normal Departamental de Varones, coincidíamos en el mismo nivel de bachillerato y que me reunía por su casa con un condiscípulo. Pero lo sorprendente es que Mireyita Guerrero, quien sería después su esposa, fue nombrada en la misma fecha y lugar donde comencé de maestro. Eso fortaleció nuestros lazos de amistad. Con los años me trasladé de institución y después de dos décadas, como si el destino guiara nuestros pasos, trabajé mis últimos veinte años con Oscar Amelines en el Colegio de Santa Librada. El tiempo que compartimos de colegas, me permitió testimoniar sobre sus calidades pedagógicas y tratar de emularle. Cada vez que lo observaba enseñándoles a sus estudiantes, me hacía acordar de la bella descripción que Ernesto Sábato hizo sobre su maestro Pedro Henríquez Ureña: “A medida que pasan los años, ahora que la vida nos ha golpeado, como es su norma, más se levanta el recuerdo de mi maestro. Añoro su espíritu supremo. Al humanista excelso, con su portafolio cargado de deberes corregidos con minuciosa paciencia y con invariable honestidad. Saludaba amable y con la palabra mesurada imponía una secreta autoridad”. Estoy seguro que sus exdiscípulos de los colegios Pío XII, Juvenilia, Santa Librada, y de la Universidad Autónoma, así recuerden a su maestro Oscar Amelines. En estos días cuando me comunicó su retiro de Santa Librada, después de cuarenta y un años de servicio, le interrogué por qué escogió esta vocación y él me confesó que se la había inculcado su abuelo materno, Aristóbulo Zapata, a quien admiraba verlo con sus alumnos. Oscar Amelines se tituló en Ciencias Sociales en la Universidad Santiago de Cali y obtuvo su maestría en Filosofía Latinoamericana en la Universidad Santo Tomás de Aquino. No militó en ninguno de los grupos de izquierda que en ese entonces influían entre los jóvenes, pero se distinguió como un investigador social que nunca declinó el pensamiento crítico, ni claudica sus principios liberadores y pensamiento demócrata. En las asambleas de profesores siempre salía al frente a exponer sus argumentos con el mayor respeto y amabilidad, en pro del bienestar colectivo y sin llegar a empañar las relaciones entre colegas al votar las decisiones institucionales. Oscar Amelines, además de gustarle las ciencias sociales, es admirador de Pablo Neruda y de Gabriel García Márquez. Celebro que este colegio santanderino conserve la tradición que institucionalizara Ramón Ignacio Atehortúa, de entregar el título de Bachiller Honoris Causa a todos aquellos maestros que transitaron por sus aulas. Aplaudo que Oscar Amelines reciba esta su mejor mención honorífica. Quiero confesar que me alegró su decisión de jubilarse, porque ahora sí en cualquier momento podré llamarle sin aumentar sus preocupaciones académicas. Ahora sí podremos seguir con nuestras pláticas sin importarnos el tiempo. Que la Divina Providencia nos reserve más años, que los transcurridos desde cuando iniciamos esta eterna amistad en nuestras mocedades. Aplaudo a Oscar Amelines, igual que a mis excolegas Manolo Becerra, Olga Ospina y Rosalba Plaza.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar







