Nombres sin genealogías

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

El tema de los apellidos gustó mucho a mis lectores, es un asunto inagotable y siempre quedará mucha tela por cortar. Mis lectores más jóvenes se divirtieron bastante buscando ejemplos de nombres al estilo de “Joe Hurtado Plata”.

La Corte Constitucional se pronunció contra el orden machista de los apellidos y no obstante son escasas las fuentes bibliográficas sobre la importancia de los nombres a través de la historia y de sus etimologías. Recomiendo “El poder del nombre propio”, de Anne Marie Christin y, “El gran libro de los Apellidos y la Heráldica”, de Juan Sebastián Elían. Resulta casi imposible que conozcamos nuestro árbol genealógico, que las familias más juiciosas sólo alcanzan a reconocer hasta quienes fueron sus bisabuelos.

Excepto dos historiadores, Gustavo Arboleda (1881-1938) y Gabriel Arango Mejía (1872- 1958), que en su orden publicaron el “Diccionario Biográfico y Genealógico del Antiguo Departamento del Cauca” -Editorial Guadalupe, 1910- y “Genealogías de Antioquia y Caldas” -Editorial Bedout, 1911-, los demás desestimaron este asunto de investigación, que hoy no tenemos mínimas pistas de cómo hallar nuestras ramas de ascendencia.

Ante tal vacío investigativo nadie puede darse ínfulas de creerse familiar de una importante personalidad, apenas porque coincida con su nombre y apellido. Riesgoso porque existen personas homónimas que de ser ciertas sus vanidades, muchas deshonrarían su estirpe, casos de algunos políticos detractores de sus ancestros.

Concluyendo el tema, recordemos que los apellidos tuvieron orígenes en la procedencia, los oficios, los aspectos físicos, los motes o los apodos, ejemplos, Madrid, Pastor, Sierra, Calvo, Crespo, etc. Hasta Joan Manuel Serrat canta: Tu nombre me sabe a hierba.

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