No soy hincha del Papa, simplemente un fiel católico, desde que mis padres me hicieron bautizar. En mi adolescencia llegué a flaquear debido a las ideologías entonces de moda. Después, leí las reflexiones de Teilhard de Chardin, conciliador de la teología y la ciencia, y complementé con las encíclicas y los documentos episcopales, hasta confiar en el camino católico transformador. Ahora, extrañado vi que al anunciarse como nuevo Papa al cardenal argentino Jorge Bergoglio, muchos reaccionaron como cuando Diego Maradona recibía una copa. Equivocados porque es un asunto serio y de fe católica. Desenfocados los alardes del “Pelusa”: “El Dios del fútbol es argentino y ahora también el Papa”.
No soy hincha del Papa, porque sería un fanático ciego, análogo a los de los estadios y sólo esperaría unas jugadas papales. Como simple católico, además de clamarle que enderece a la Iglesia, le pido a Francisco I que se guíe por los principios de la Doctrina Social, el Vaticano II (1965) y los Documentos Episcopales de la América Latina. No hay diferencia entre una Iglesia derecha, pero alejada de la realidad social y, otra de conductas reprochables de sus pastores; ambas alejan a sus fieles y la llevan a la crisis. La Iglesia de América Latina, según lo acordado en Medellín (1968), escuchará a su pueblo con las comunidades eclesiales de base. Los obispos aprobaron en Santo Domingo (1992) reivindicar las etnias del continente y, en Aparecida (2007), oponerse al neoliberalismo y la destrucción del planeta.
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