Muerte empresarial

Rodrigo F. Chois

Hay negocios, establecimientos y empresas que resultan muy valiosos para nosotros no obstante el no ser dueños o accionistas de ellos; y cuando desaparecen nos aflige. ¡Cuántas veces no nos hemos entristecido al descubrir que el lugarcito donde vendían algo que considerábamos rico ya no funciona!

Lamentablemente, así como pasa con “los lugarcitos” igual sucede con las grandes empresas y organizaciones que con los años se han convertido en parte del patrimonio cultural de nuestra localidad.

Las empresas son seres vivos -sinergias humanas si se quiere- que también padecen el mandato biológico de “nacer, crecer, reproducirse y morir”. Y de igual forma que un organismo vivo inteligente, ellas buscan extender su esperanza de vida al máximo.

Una prolongación de su tiempo de vida institucional con un aliciente significativo porque mientras la organización viva y opere crea transcendentales valores económicos que sobrepasan el plano estrictamente monetario: Generación de empleo, suplir oportuna y eficazmente necesidades y crear dinámicas sociales serían solo tres valores por mencionar algunos.

La larga vida de las organizaciones dependerá de la pasión de quienes las soñaron, y sobre todo de la de aquellos que -con arduo trabajo- reciben la posta para construir y consolidar la marca.

Pero de la misma manera que los seres vivos soportan el ataque de agentes externos como parásitos, virus y bacterias; a las empresas las suelen atacar “los interesados externos” que, al no tener arraigo alguno con ellas, al no conocer el negocio y al estar envueltos del manto de la ambición suprema, producen más daño que los tres primeros patógenos biológicos que mencioné… ¡Y llega entonces la triste muerte de la empresa!

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