Muchos años después

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Muchos años después, frente al grupo de jóvenes que me despedía, recordé aquella tarde remota en que mi vocación me llevó a conocer una escuela. Clausuraba el sueño que me había llevado a prepararme en la Normal Departamental de Varones. Durante seis años confié que pronto debutaría en la docencia porque el Gobierno de entonces priorizaba que la vida, la salud, la educación y el trabajo, eran derechos constitucionales. El Estado le asignaba presupuesto al Instituto Colombiano de Construcciones Escolares y creaba más plazas para nombrar nuevos maestros. Debuté de docente recién terminó el Frente Nacional y en Cali todavía se respiraba el aroma de la vanguardia estudiantil. Atreverse a pensar, era comenzar a luchar. Durante las cuatro décadas que ejercí esta misión, tuve oportunidad de conocer cómo los recursos didácticos evolucionaron a través del tiempo: tiza y pizarrón, marcador y tablero de acrílico, mapas en cartón y cartulina, sellos grabados en papa, proyectores de filminas, cartillas y textos escolares, copias mimeografiadas, fotocopiadas, radiograbadora y cintas magnetofónicas, televisores y videobeam y, finalmente, clases desde el computador y las plataformas. Hice parte de esa pléyade de educadores que incursionó en la enseñanza tradicional, continuó con la renovación curricular, que aportó al constructivismo, guió el trabajo con proyectos, orientó la educación por problemas y, finalmente, innovó con la interdisciplinariedad académica integral. Califiqué con números, también con letras, después con conceptos, evalué aprendizaje memorístico, apliqué la promoción automática, evalué por competencias y, finalmente, de manera cualitativa e integral. Empecé sometido a jerarquías administrativas, a reglamentos rígidos verticales, hasta que, al fin en América, incluyendo nuestro sistema educativo colombiano, se cumplió el sueño de los estudiantes de Córdoba Argentina (1918): se institucionalizaron los manuales de convivencia y los gobiernos escolares con representación estudiantil, de egresados, de docentes, de padres de familia y de la comunidad productiva. Hubo tiempos óptimos y sin que el Gobierno contratara ampliación de cobertura con colegios privados. Podría escribir más sobre la historia de la educación, pero me volvería monotemático y no finalizaría. Mejor los convoco a que investiguen en los álbumes fotográficos de las otrora familias que incluían a los maestros como invitados de honor en sus celebraciones. Las imágenes reflejan sus gratitudes por los maestros de sus hijos. Aún no éramos víctima de los detractores, ni de los estigmatizadores. Eran tiempos del pluralismo y de las reivindicaciones sociales. La Fecode, dirigía luchas y pactaba acuerdos con el Gobierno. Progresivamente transitamos de la precariedad social hasta el reconocimiento legal de la profesionalización docente. En mis últimos días de ejercicio percibo con preocupación la crónica de una persecución anunciada y me preocupa la increíble y triste historia de los colegas regidos por el 1278. Me llevo recuerdos de estudiantes espontáneos, llenos de alegría y participativos. Qué iba a imaginar que en mis últimos meses enseñaría a través de una pantalla y con dolor por los jóvenes de la resistencia que ya no volverían a los pupitres. Nuestro regreso con tapabocas y el distanciamiento, nos hizo claudicar del apretón de manos y el abrazo cálido. El tapabocas, más que un artefacto de bioseguridad contra el Covid-19, fue como un símbolo de silencio que dificultaría la misión. Qué iba a imaginar que en mi último año una colega, profesora de historia, sería puesta de escarnio público, por enseñar a pensar frente a los problemas sociales, pero su clase sería estigmatizada por ” tratar temas prohibidos”. Colegas: sé que será cada vez más difícil el camino por recorrer, pero jamás claudicarás en tu digna misión. Tu consigna siempre será: ¡Educar, como una práctica de libertad!

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