Cada ser humano guarda eterna gratitud por la familia que lo concibió, el terruño que lo abrigó, el colegio que lo educó y la universidad que lo profesionalizó. Pero en mi caso personal, lo confieso sin vanidad alguna, soy un afortunado porque a la par de esos ámbitos humanos, en mi historia personal siempre ha estado presente el Diario Occidente.
La efeméride del 18 de noviembre, que cumple sesenta años de fundado en nuestra ciudad, es muy significativa para este colaborador que en la misma fecha también cumple sesenta años de ser citadino caleño. En noviembre de 1961, cuando don Álvaro H. Caicedo, fundó el nuevo periódico de la región, recién inmigraba con mi familia a esta ciudad, víctimas de la violencia partidista de los años cincuenta.
Mi padre logró que este informativo escrito le facilitara los ejemplares de devolución para reutilizarlos como materia prima en la improvisada microempresa familiar de subsistencia que producía chuspas de papel periódico. Entre mis padres, tíos, hermanos y primos, preparábamos el almidón, recortábamos las páginas y confeccionábamos las envolturas que después vendíamos por gruesas de cien unidades a las tiendas y supermercados. Todavía la bolsa plástica no irrumpía como envoltura. También coincidía que, al fundarse el Diario Occidente, iniciara mi primer año escolar. Entonces, además de disponer de la cartilla “Alegría de Leer”, aprendía a leer con “el periódico de ayer” del nuevo diario. Eso explica el porqué que en esa laboriosa actividad de pegar chuspas, yo fuera el que menos rendía, me quedaba anonadado deleitándome entre los titulares, las crónicas, las noticias, los informes deportivos, las tiras cómicas, los horóscopos y pasatiempos de las páginas. Desde luego, como les ocurría a los demás niños, las páginas de entretenimiento me seducían, sin descartar las páginas editoriales que me cultivaron esta vocación intelectual con sus textos de opinión.
Recuerdo, entre otros, a Alfonso Bonilla Aragón, a Hernando Olano Cruz, a Álvaro Bejarano, a Clarita Zawadsky, a Helena Benites de Zapata, a José Pardo Llada, a Carmiña Navia, Germán Ángel Naranjo y Gustavo Álvarez Gardeazabal.
El Diario Occidente, me hizo madurar viche intelectualmente porque muy prematuro me sedujo con ese nuevo mundo de la información. Recuerdo que al preguntarle a mi padre cómo era que hacían para que a la madrugada de cada día los lectores adquirieran una nueva edición del periódico, decidió un día que lo acompañara a recoger las arrobas de prensa vieja. Entonces quedé maravillado, más que el coronel Aureliano Buendía cuando una tarde su padre lo llevó a conocer el hielo.
El día que mi padre me llevó a la calle doce con carrera quinta a conocer la rotativa del Diario Occidente, quedé abrumado con esa realidad que mágicamente detenía al mundo. Mi primera fantasía vocacional fue poder algún día publicar mis escritos en sus páginas. En mi adolescencia entendí el significado de la libertad de prensa, cuando leí “La Carta de Berlín” de Carlos Holmes Trujillo Miranda, embajador ante la República Democrática Alemana, líder popular de pensamiento socialista. Aunque llegado a la adultez transité por los caminos de la educación y del derecho, jamás decliné mi vocación de escritor. Y fue precisamente Fabio Larrahondo, quien, ejerciendo como editor del diario, permitió que mis sueños se realizaran.
Desde hace veinticinco años, gozo de la generosidad que me otorga el Diario Occidente para que publique esta columna semanal “Apologías y rechazos” y, también, entrevistas, crónicas e informes de Educación, Arte y Cultura. El Diario Occidente permitió que en carne propia pudiese comprobar que “uno escribe para que los amigos nos quieran más”.
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