Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Mercedes Barcha

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Imaginamos los escritores como seres solitarios, inmersos entre libros y papeles, con un oficio correlativo a su soltería y una vida sin obligaciones familiares. A los casados, viviendo relaciones tormentosas, frágiles y temporales. ¿Jorge Luis Borges y Pablo Neruda serían los prototipos? ¿Gabriel García Márquez, la excepción a la regla? El cataqueño se enamoró desde la adolescencia, se casó antes de la gloria literaria y su obra cumbre la escribió cuando su hogar todavía no alcanzaba estabilidad económica, ni siquiera la emocional de tener casa propia.

Esa fue la historia de Mercedes y Gabriel, la pareja eterna, las vidas gemelas, el seudónimo compartido. Junto al gran hombre, García Márquez, siempre estuvo una gran mujer, Mercedes Barcha, “La Gaba”. Durante dieciocho meses ella asumió las riendas, salvó las dificultades de la familia, tan perfectamente, que el creador de Macondo tomó autobiográficamente la primera clave literaria para estructurar su obra cumbre: metaforizar a José Arcadio Buendía (él), Úrsula (Mercedes) y sus vástagos José Arcadio (Gonzalo) y Aureliano (Rodrigo). “Cien años de soledad”, sin la confianza que ella le propició al autor, no hubiese quedado sazonada para motivar a los editores, seducir a millones de lectores y convencer a la Academia Sueca. Aunque García Márquez innovó con el realismo mágico, su vida emuló el romanticismo de Efraín, aquel personaje de “María” de Jorge Isaacs, claro que difiere, porque Gabo regresó a Colombia después de muchos años, no a derramar lágrimas ante la tumba de su amada, sino a casarse y probar las mieles que ella le ofrecería por toda una vida. Adiós, Mercedes, “Gaba” eterna.                                 

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