Mercado blanqueado

Rodrigo Fernández Chois

Negro es una palabra que, además de su significado cromático, adjetiviza maldad y vileza. Por eso suele emplearse para no muy gratos contextos. La peste negra que devastó a Europa en el Siglo XIV, la oveja negra para referirnos al familiar vergonzoso, las listas negras que incluyen nombres indeseables y el humor negro que hiere susceptibilidades son claro ejemplo de su uso.

La ciencia económica no podía quedarse atrás. Tenemos el famoso Jueves Negro, día en que inició la Gran Depresión y como consecuencia los suicidios de la época, el Lunes Negro de 1987 en el que cayó la bolsa y, por supuesto, el Mercado Negro.

Económicamente hablando, un mercado negro es aquel en que los bienes y servicios se tranzan a un precio superior al máximo legal establecido. Sin embargo, también suele emplearse el concepto para los mercados furtivos de bienes y servicios ilegales. En la lista cabe de todo: trata de blancas, comercio de órganos, venta de armas, servicios sicariales y el comercio de sustancias “prohibidas”.

No hay que ostentar de economista para admitir que una transacción en todo mercado está representada por un sujeto que vende y uno que compra. Es una y sola una acción que implica dos actores: la oferta y demanda. Es, por tautología, una sola operación que convierte en iguales a las partes. Aplicando entonces un sencillo silogismo: Si el uso -y por ende la compra- de droga es legal y su demanda es igual a su oferta, por razonamiento anterior, concluimos que este mercado deja de ser Negro. ¡Seamos testigos del blanqueo del mercado más funesto que ha existido en nuestro país!

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