Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Mea culpa

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Traigo un mea culpa que también involucra a mis amigos, ex-condiscípulos, colegas y lectores fieles: Milton Cruz, José Holguín y Oscar Collazos. Algunos lectores me han tildado de antiprogresista cada vez que escribo añoranzas. Me malinterpretan siendo que también valoro cómo el progreso significa: desarrollo económico, fuentes de trabajo, ampliación del comercio y transformación urbanística.

Por eso dedico este preámbulo a quienes critican que en mis escritos use frecuentemente la palabra otrora. La uso de manera intencional para contrarrestar que la modernidad siga acabando con la tradición oral y las costumbres viejas que podemos dejar como legado a nuestros descendientes.

La extinción de la tradición oral es una de las pérdidas sociales más lamentables. Sin tradición oral la mitología de los pueblos hubiera quedado inexplorada. Sin tradición oral no hubiesen brillado los cronistas de Indias. Sin tradición oral en nuestra infancia, los abuelos no nos hubiesen cultivado fantasías con sus cuentos sobre espantos. Sin tradición oral nuestra literatura colombiana careciera de un premio Nobel, porque los abuelos de Gabriel García Márquez no le hubieran podido sembrar su realismo mágico.

Hoy nuestros nietos son los más damnificados con el progreso porque el celular les arrebata hasta los pocos momentos de escucharles historias a sus abuelos. Qué paradoja: el desarrollo tecnológico en la comunicación, incomunica. Las fiestas familiares otrora prolongadas con tertulias, ya terminan en ejercicios solitarios de seres ensimismados con sus dispositivos.

Dentro de pocas décadas no habrá una tradición oral que transmita el legado familiar, las costumbres y sus leyendas. Además de las demoliciones del patrimonio arquitectónico, la extinción de sus tertulias de ayerones, deja un vacío cultural en nuestra ciudad. Me contaron mis abuelos que hace tiempo en las bancas de la Plaza de la Constitución, ahora conocida como plaza de Cayzedo, se sentaban los amigos en corrillos a narrar anécdotas.

Comprobé su veracidad: en una antigua librería de usados encontré tres ejemplares, que en mi biblioteca representarán mis mejores adquisiciones bibliográficas: “Del Cali que se fue” (Cali, 1957. Biblioteca de Autores Vallecaucanos), “Historia de la Capilla de San Antonio y el Corrillo El Gato Negro” (Cali, 1970. Imprenta Departamental) y “Tertulias del Cali Viejo” (Cámara de Comercio de Cali, 1995).

Leer sus páginas es como abrir un baúl lleno de sorpresas: las primeras fiestas patronales; los caleños que sacian la sed en la pila del Crespo; el primer aviador que accidentalmente estrelló su nave sobre el techo del antiguo Santa Librada; los mercados públicos en las calles empedradas; los bañistas del charco del burro; y las tertulias del corrillo Gato Negro en San Antonio.

El mea culpa que les anuncié obedece a que todavía los cuatro amigos no hemos escrito las memorias sobre los años cincuenta cuando siendo niños llegamos con nuestros padres como fundadores de los primeros ranchos de la otrora vereda Terrón Colorado.

Milton, José, Oscar y yo, tenemos mucho que contar sobre aquel pueblito viejo que, por ubicarse sobre una meseta junto al cañón del río Aguacatal de aguas diáfanas, nos hiciera pensar que tal vez habría inspirado a José A. Morales para componer su hermoso vals de la lunita consentida colgada del cielo.

Varias veces nos hemos jurado cumplir con la noble misión de recopilar por escrito estas historias, pero continuamos distinguiéndonos como negligentes o tal vez seguimos pecando de ingratitud. Los sábados en las mañanas bajábamos al río con nuestras madres y los pilones de ropa sobre sus cabezas y, después, mientras ellas muy alegres y conversadoras ocupaban las piedras de lavanderas, los niños pescábamos, cazábamos aves y conejos silvestres o jugábamos a la pelota.

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