Terrón Colorado fue construido como incipiente vereda por los colonos que en los años cuarenta anduvieron los caminos por donde llegaron los conquistadores españoles que fundaron las primeras aldeas del Pacifico. Quienes de niños llegamos a la otrora vereda, guardamos muchos recuerdos porque tuvimos una infancia feliz. Oscar Collazos, condiscípulo mío y también “gabólogo”, por ejemplo, recuerda que “Terrón era entonces un caserío de veinte casas de barro y cañabrava construidas a orillas de dos ríos”.
Nuestra primera impresión fue haber encontrado la tierra prometida de las Sagradas Escrituras. Sí, porque a inicios de la década de los cincuenta, en la paradisiaca media luna fértil entre los ríos Aguacatal y Santa Rita, se fue configurando una vereda de dos calles largas que se desprendían desde la primera curva de la vía al mar y se prolongaban hasta la Portada.
Vivíamos en un caserío entre bosques cercanos a la ciudad, que en las noches nos dejaba ver desde esa meseta el inolvidable espectáculo ofrecido por el titilar de luces en los avisos comerciales del centro urbano. Como Terrón Colorado no hacía parte del perímetro urbano, durante varios años estuvimos relegados sin acueducto, ni alcantarillado. Las aguas residuales corrían por zanjas junto a las alambradas de los antejardines.
La ausencia de acueducto fue suplida por don Fidel, el ingenioso arriero que para rebuscarse la vida cargaba sus diez caballos y sus cinco mulas con tinajas que llenaba con las aguas diáfanas del rio Aguacatal y en caravana la suministraba a domicilio para el consumo doméstico.
Ante la falta de juguetes los niños moldeábamos figuras con la tierra colorada que arrancábamos de los barrancos. La contextura de esa tierra era más flexible que la plastilina industrial para las manualidades escolares.
Nuestros padres sentían alivio porque la aprovechábamos y a la vez le hacíamos honor al nombre de la vereda. Alguna vez que le pregunté a mi abuelo sobre quién había escogido este nombre, él me respondió que Simón Bolívar. Me argumentó que cuando el Libertador pernoctó en la colonial casona de La Merced en Cali, subió a este lugar, curioso tomó un pedazo de tierra y exclamó: ¡Terrón Colorado! Todavía no he comprobado la certeza del dato histórico o si fue producto de la imaginería popular, lo cierto es que hace parte de la tradición oral, igual que la leyenda El Dorado entre los chibchas. No le discutí a mi abuelo, le creí muy orgulloso al darme cuenta de que echaba raíces en una vereda bolivariana. “Sin raíces – comentó Héctor Jaime Chica sobre mi primera parte- ninguna planta puede sostener su crecimiento…no conoce el ayer, el camino transitado, nos nubla la ruta a seguir en adelante”.
Los inmigrantes de Terrón Colorado durante algún tiempo se autoabastecían: sembraban árboles frutales, hortalizas y legumbres en los solares; criaban gallinas, cerdos y conejos. Los sábados de la lavada de ropa y del “paseo de olla”, pescábamos en el rio Aguacatal, cuyos lechos todavía estaban vírgenes.
En 1955, mi abuelo Feliz María Zúñiga instaló el Granero El Tambo, a la vuelta de la calle El Trapichito, fue la primera tienda. Lo secundaron doña Pérsides, don Nicolás Chambo y don Manuel Plaza. El primer cura de la Parroquia San Ignacio de Loyola fue el padre López, quien ofrecía misas por los triunfos del Deportivo Cali.
El Concejo Municipal al percatarse que la vereda crecía por posesiones o compraventas de lotes, con inmigraciones de familias oriundas de Nariño, Cauca y Dagua; mediante Acuerdo 049 de 1964 reconoció como nuevo barrio a Terrón Colorado. Amigos: esperen una tercera parte para concluirles esta historia.
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