Rodrigo F. Chois

¡Malditos sean!

Rodrigo F. Chois

“¡Hola!” Una vocecilla me saca de mis pensamientos mientras espero la luz verde del semáforo. Volteo con curiosidad y veo a una niña de unos cinco años a escasos metros de mi carro. La mugre en sus mejillas y el derruido vestido que trae puesto no opacan el angelical rostro de la creatura. ¡Ha, pero su sonrisa! Tan sincera como la de los niños, me hizo enseguida sonreír también.

Miro adelante con el propósito de saber si aquella chiquilla se encuentra sola y descubro una mujer sentada en una butaca, a la sombra de un árbol y con un pequeñuelo en brazos. Mujer digo, pero su rostro, a pesar de reflejar la dureza de la vida que ha padecido, denota menos de veinte años. Lindas facciones, casi que idénticas a la de la niña que aún me mira sonriente. Sí, venezolanas.

Respiro profundo y siento como me invade una profunda tristeza. Y luego, siento como esa compunción se transforma en coraje al saber que los culpables de tan dramática situación no son otros que los gobernantes corruptos y desalmados del país vecino. Políticos deshonestos que no sólo han esquilmado los recursos de su país, sino que han impedido por su incompetencia que sus gobernados puedan emprender y desenvolverse dignamente sin necesidad de pedir limosna. Pero ellos sí, felices dueños de cuentas colmadas de euros en el Vaticano según lo reveló un reconocido presentador y escritor.

Si los criminales de un holocausto son odiados, estos políticos deben serlo mucho más porque han condenado a millones a vivir un infierno en vida, padecimiento que es aún peor que la muerte misma. ¡Malditos sean!

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