¿Los hay?

Rodrigo Fernández Chois

De un tiempo para acá evito el tema político. Me desgasta ver y leer la polarización a la que ha llegado nuestro país. Por sanidad mental evito discusiones y controversias políticas con amigos en reuniones y redes sociales. Sin embargo, a pesar de que hago como el avestruz que al introducir su cabeza en un hoyo pretende evadir la barahúnda peligrosa que la rodea, estoy plenamente consciente de que la política afecta.

Soy de ideología de derecha, pero también reconozco que dejar actuar sin ton ni son al egoísmo humano puede llegar a producir injusticias.

Para un verdadero y gran aplauso económico se necesita de las dos manos. El problema de fondo para cada una de ellas, llámense derecha o izquierda, no es la existencia de su contraria.

No. El verdadero enemigo que nos agobia y que impide que la libre economía obre y las políticas redistributivas sean eficaces, se llama corrupción. Por un lado, la corrupción debe ser financiada esquilmando vía impuestos al emprendedor, al innovador y a casi toda la sociedad.

Y, por otro lado, esa misma corrupción roba los recursos que entregan los primeros imposibilitando que lleguen a ser eficaces apoyos que posibiliten transformaciones sociales y mejoras en el bienestar general. La abominable corrupción es tan enemiga de la derecha como de la izquierda.

Desafortunadamente, en la mayoría de nuestra clase política lo que habita son lobos sedientos de poder y dinero.

Los verdaderos políticos deberían tener vocación de servicio altruista, desinteresada y ante todo carecer de ambición material. Apostolado que implicaría, guardadas las proporciones, contraer una especie de votos semejantes a los religiosos. ¿Los hay?

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