Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Lo que el ocio se llevó

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Como el título puede confundir, explico que los cinco meses que disfruté del ocio más largo de mi vida, le agradezco porque se llevó: el esclavizarme al trabajo sin permitirme saber si trabajaba para vivir o vivía para trabajar, el perder en la esquina ratos de mi tiempo con vagos indefinidos, mi adicción a arrimar a cuanta cafetería me encontrase en el camino, el almorzar en restaurantes “corrientazo”, el comprar chucherías que debía abrirles espacio en los sesenta metros cuadrados de mi morada.

Le agradezco al ocio por haberme rescatado del automatismo en los tiempos del ruido. “Lo que el ocio me dejó”, hoy hubiera sido el título acertado de mi columna, porque me dejó: hablar más tiempo, aunque por video-llamadas, con mis seres queridos y mis amigos, volver a mis lecturas, disfrutar del ingenio de los compositores, retomar la gimnasia que me robó la rutina laboral, respirar aire puro en el campo, escribir sin estar mirando el reloj y dormir tranquilo.

Les cuento que mi amiga, la misma que se molestó y pensó en porquerías cuando le respondí que durante el confinamiento me dediqué a hacer “ocio”, inmediatamente el Gobierno levantó las medidas de restricción, vino a pedirme que la instruyera en cómo volverse ociosa. Le dije que de mil amores lo haría, pero que le pedía comprensión porque desde el primero de septiembre mi ocio volvía a la desventaja ante los horarios laborales. Le pedí que tuviera paciencia hasta que me jubilara, pero que mientras tanto se volviera: tertuliante, deportista y admiradora de las bellas artes.

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