Álvaro Castillo Granada, es único, entre los demás libreros de las librerías de segundas que hay en Latinoamérica: él, conserva una primera edición de Cien años de soledad, con dedicatoria y rúbrica de Gabriel García Márquez y, además, nuestro Nobel de Literatura le acomodó el afectuoso apodo de “Librovejero”.
Cali siempre ha tenido librerías de usados, entre otras: La Negrita, La Feria del Libro, El Costeño, El Diccionario, La Atenas, La Esquina del Libro, Librería España. Todas vendían y siguen ofreciendo libros usados baratos.
Rafael, mi padre, que era proletario, en mi niñez me llevaba a buscar los títulos requeridos por las listas de útiles escolares o cuando me regalaba uno que me gustara cada que lo acompañaba al centro de la ciudad.
Cuando me inicié en la docencia, pude comprar nuevos en la Librería Nacional. No niego que aún merodeo por lugares donde vendan libros usados, además que encuentro ediciones antiguas, me parece percibir las miradas amables de los autores y, a veces, hallo en las portadillas dedicatorias, no interesa que fueron escritas para esos lectores ingratos, lo importante es que son firmas originales.
Las librerías de segunda, además de dispensar cultura, son lugares que coadyuvan al sustento de muchas personas, incluyendo quienes, en un parque o una calle, extienden los libros en el andén, configurando el negocio “del agáchese”.
Abrazo fraternal para Felipe Salazar, el librero del patio interno de la Universidad del Valle, quien, vendiendo buenos libros de literatura, se costeó su Maestría. Saludo a Conrado Ramírez, quien desde los quince años de edad así sobrevive y ya lleva tres décadas.
La materia prima proviene de las bibliotecas de intelectuales fallecidos que en vida se abstuvieron de otros placeres y cuyos indolentes herederos enajenan como reciclaje.
Paradójico que los vendedores de libros no sepan reseñar los productos, ni siquiera con lo que le escuchan al intelectual que los trajo resultado de su robo continuado o que después de años se deshace para satisfacer alguna adicción.
Hay excepciones, entre libreros, Don Orlando Vásquez Gallo (q.e.p.d), de La Atenas, fue un ameno conversador que los leía antes de enajenarlos. Tertuliamos muchas tardes.
Su ejemplo lo sigue Fernando González, que desde muchacho trabajó en la Atenas y ahora administra su propia Librería España. Así como Don Orlando fue carismático en Cali, Álvaro Castillo Granada, lo es en Bogotá, con su San Librario Libros, que inauguró en 1998. La Atenas, fue famosa porque llegaban los visitantes ilustres, como entrar al “museo del libro”.
San Librario Libros, en Bogotá, fue famosa porque sus clientes podían ojear y hojear una primera edición de Cien años de soledad, con rúbrica de García Márquez, dedicado a Álvaro Castillo.
“Librovejero” quedó registrado en la historia de los hechos insólitos, desde que en una feria le sustrajeron su joya de la urna donde la exhibía y a los ocho días el “buen ladrón” devolvió, tal vez, conmovido por los cien años de tristeza que ocasionaría a su dueño.
Dijeron que la policía lo rescató tras detectar huellas, todavía no había cámaras. Rumoraron que alguien pagó rescate para seguir tertuliando con él en su librería.
A Alberto Castillo no le gusta la fama por azar, se la forja con méritos. Después de veinticuatro años que lleva encantando compradores con su palabra, ya publicó “Librovejero”, Editorial Fondo de Cultura Económica, Colombia 2021, resultado de las lecturas y su amor por esta profesión.
Lo leí de un solo tiro y me embriagó como invitado a su tertulia.
Ahora, sí entiendo por qué García Márquez le escribió una dedicatoria en la portadilla de una primera edición de su novela cumbre.
Alberto Castilla, de bibliófilo y librero, pasa a figurar como destacado escritor. Ocupará un sitio especial en mi biblioteca.
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