Ha llegado Navidad. Época en que los tiempos cambian, en que “se hace tarde temprano” como dice José Aguirre en esa antológica canción “Salud”, de Javier Vásquez. Igual, el inicio de año que seguramente traerá prosperidad, paz y reconciliación en el país, que espera ansioso la llegada de los nuevos gobernantes locales.
En estos dos meses de diciembre y enero hay espacio para la reflexión para repensarse, retomar caminos y dejar atrás viejas cargas que llevamos y, que a veces, no nos dejan caminar tranquilos.
Y es preciso adentrarse en la lectura para recordar a aquellos que han hecho de su vida, llena de adversidades, toda una obra de arte. Uno de esos ejemplos es el maestro Leandro Díaz, ese juglar vallenato que compuso “Matilde Lina”, canción que aún se tararea con euforia en cada encuentro festivo y que nos enseña la belleza de la poesía hecha música popular. “Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”, nos dice Leandro.
Y su vida está narrada bellamente por Alonso Sánchez Baute en el libro que titula Leandro, con el polvo de los caminos de los pueblos caribes, del valle del cacique Upar, de la sierra Nevada, del río Guatapurí y de la sombra que llevó en sus ojos el maestro Leandro, como ese otro enorme de Borges, pero que les posibilitó mirar más allá de lo que podemos ver con la luz que ilumina nuestros pasos.
Es un buen regalo de Navidad, para que se deleiten con la historia de un vallenato puro que nos hace vibrar con las anécdotas, las enseñanzas que nos trae Baute de ese hombre forjado a pulso y del que seguimos entonando, en estas fechas, sus canciones.
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