Diez días después del terremoto, Cali realizó una velatón para recordar a quienes perdieron la vida.
Fue un acto necesario para una ciudad que empieza a vivir su duelo.
Los duelos más profundos los viven las familias de las víctimas y quienes perdieron sus hogares.
Sin embargo, todos los habitantes de los municipios afectados hemos perdido algo.
Lugares que eran parte de nuestra cotidianidad y, por eso, también de nuestra historia.
Ahora comienza la remoción de escombros. Será otro momento doloroso porque empezaremos a encontrarnos con los vacíos.
Vienen a mi memoria las calles desoladas de Popayán durante la Semana Santa de 1984.
Había pasado un año desde aquel terremoto. Hubo procesiones, pero asistimos principalmente los payaneses.
Todavía recuerdo aquella sensación de vacío, tan intensa como el dolor provocado por la tragedia.
Cali también tendrá lotes vacíos que durante mucho tiempo nos recordarán lo ocurrido.
Esos espacios serán las heridas visibles de una ciudad que necesitará tiempo para sanar.
Por eso necesitaremos estar unidos, apoyarnos, recordar y también aprender nuevamente a vivir.
Retomar nuestras rutinas, trabajos y espacios lúdicos también hará parte del proceso.
Vivir será una manera de honrar a quienes se fueron demasiado temprano.
Pero, especialmente, será un compromiso con quienes sobrevivieron y necesitan recuperar sus proyectos de vida.
Ahora tenemos varios desafíos simultáneos y ninguno puede esperar al otro.
Debemos vivir el duelo, sanar nuestras heridas y rehabilitar nuestras ciudades. También debemos acompañar con mayor fuerza a quienes lo perdieron todo.
Reconstruir edificios será difícil, pero reconstruir hogares, recuerdos y certezas será mucho más complejo.
Cali tendrá que aprender a vivir con sus cicatrices sin permitir que ellas detengan su vida.
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