El congreso de Confecamaras me ayudó a entender mejor el fenómeno que vive nuestro país.
Es una situación similar a la enfrentan quienes, sentados en lados opuestos, discuten si un número es un 6 o es un 9.
En el escenario se discutía el papel de las empresas en la economía, en la necesidad de formalizarlas y en la importancia que tiene su crecimiento.
Las cámaras presentaron el estudio de movilidad empresarial que analiza el comportamiento del millón setecientas mil unidades productivas que tiene el país desde micro hasta las grandes.
El gobierno se enfocó en la económica popular compuesta por 5 millones de micronegocios.
Cada parte hizo énfasis en la necesidad de fortalecer su segmento. Lo más sabio que se dijo en la reunión es que tenemos dos Colombias que hay que integrar.
¿Por qué una dicotomía? La una no vive sin la otra, la una no se desarrolla sin la otra.
No podemos pensar una Colombia exitosa si no representa calidad de vida para todos.
El problema que afrontamos hoy ante este falso dilema es el miedo.
Tenemos miedo a que el bienestar del otro signifique el malestar de uno.
Miedo a que para darle a otro haya que quitarle a alguien.
Miedo porque está haciendo camino la teoría de que para que unos ganen otros tienen que perder.
Lo más grave de sembrar miedo es que rápidamente del miedo se pasa al odio.
Miedo y odio, dos condimentos muy peligros en una sociedad en la que la violencia está en el ADN.
Un presidente, el líder de una nación, no está llamado a generar miedo.
Liderar el cambio requiere generar ilusión, confianza y visión de futuro.
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