Profeso una gran admiración por las armas de fuego. Como invento, representan una grandiosa evolución tecnológica.
El hombre pasó de lanzar piedras con la mano o con hondas como la que usó David contra Goliat, a lanzarlas con la ayuda de ingeniosos artefactos portátiles accionados con pólvora.
Ahora ya no lanzamos, sino que disparamos pequeños proyectiles, pero con un mayor alcance y de forma mucho más precisa y letal.
La balística, las estrías del cañón y la huella única que cada arma deja sobre su proyectil son, científicamente, fascinantes.
Pero también confieso que siempre les he tenido un inmenso respeto… Porque parafraseando el viejo refrán español: las armas las carga el diablo.
El presidente Abelardo de la Espriella ha levantado la suspensión general del porte para quienes poseen salvoconducto vigente.
Obviamente no es un libre porte: se requerirán exámenes físicos y sicológicos, antecedentes y controles legales.
Pero ya se escuchan dos voces al respecto: Los defensores de la medida afirman que la mayoría de los delitos se cometen con armas ilegales y que un ciudadano legalmente armado puede ejercer un efecto disuasivo sobre los criminales.
Por otro lado, los detractores advierten que más armas también pueden traducirse en más tragedias cotidianas debido a la intolerancia e impetuosidad que suelen gobernarnos.
El decreto ya está firmado y la discusión continuará; pero el veredicto final no lo darán ni los políticos ni los opinadores.
Como dijo el mismo Presidente, las matemáticas no mienten y en este tema tan complejo serán las estadísticas de homicidios y violencia las que, con el tiempo, les den la razón a los unos o a los otros.
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