La soberbia del Estado

Miguel Ángel García López

Después de todos los acontecimientos generados a raíz de la protesta por la reforma tributaria que finalmente no era solamente por ella, sino que reunían muchas otras cosas que estaban en juego y que adicionalmente cada grupo, cada barriada, cada gremio, cada cuadra, le iba agregando peticiones locales y nacionales, desde un comedor comunitario hasta una cancha de futbol, la solución al problema del empleo, de la salud y miles de peticiones más que el gobierno no está en capacidad de cumplir a corto ni mediano plazo.

De todo lo anterior y muchas cosas que se suceden en Colombia, se puede solamente sacar una conclusión: Estamos ante un Estado soberbio. Lo anterior se refleja en las luchas que deben librar los gremios, grupos de profesionales e instituciones cuando se pretende radicar o aprobar una ley que les cause perjuicios.

Naturalmente no todas las leyes complacen a todos y sería improbable que el gobierno se retractara de formular algunas que son de buen recibo para un sector así no lo sea para otro, pero definitivamente, en el caso de la reforma tributaria, fue la peor decisión presentarla en el actual escenario de la pandemia que no se veía desde hace 102 años.

No faltaron las voces que se opusieron rotundamente, aún dentro de la misma coalición de gobierno, pero el Estado soberbio prefirió arriesgarse a presentar un texto que claramente ponía a la clase media y media baja a pagar unos impuestos que aunque no eran desembolsables en el año actual, sí lo serían a partir del 2022 vía retefuente e IVA y de todas maneras presuponían un deterioro en su economía.

Bastantes y agitadas luchas nos cuesta a los que trabajamos en la contaduría, como asesores contables o tributarios, cuando se pretende aplicar leyes injustas que afectan no solo a los contribuyentes sino también a los contadores, cuando, tratándose de sanciones, aquellos pretenden repetir contra estos.

Lo anterior se manifiesta en plazos cortantes, sanciones absurdas y confiscatorias, mal funcionamiento de la página web, intransigencia de algunos funcionarios de la DIAN, y así sucesivamente.

Si hubiera una interlocución válida ante el Estado, seguramente nos hubiéramos ahorrado días de amargura y desazón, de angustia, pérdidas de vidas y bienes, carestía, escasez y todos los demás males.

Lo grave y funesto es que en estas manifestaciones siempre se cuelan miembros de las familias de los Brutos, de los cuales alguien dijo alguna vez: “No se diga que es el celo de la libertad, ni el amor a la república, ni el odio a la tiranía, ni en fin ninguna otra cosa razonable.

La que pone el puñal en manos de los asesinos, ni la que dicta las calumnias, las injusticias y las persecuciones con que escandalizamos al mundo. He oído alguna vez que se quieren disculpar estos atentados presentando el ejemplo de aquel Bruto que hizo quitar la vida a sus hijos y del otro Bruto que asesinó a su benefactor y su padre so pretexto de servir a la causa de la libertad, pero yo no he encontrado en estas citas, sino la mejor prueba que puede darse del mal que hace a ciertos hombres el haber leído sin crítica la historia.

Yo siempre sostendré que sería una felicidad para el género humano, el que la familia de los Brutos se extinguiese, porque hijos que no dan la vida por sus padres y padres que no aman a sus hijos sobre todas las demás criaturas, serán muy buenos para republicanos de Roma, pero muy malos para hombres de este siglo y mucho peores para ciudadanos de cualquier tiempo”.

*Presidente del centro de estudios grupo de los 100.

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