“Seguramente los devoró la selva” le dije a mi hermana cuando tristemente comentábamos la noticia de los cuatro niños indígenas perdidos; empleé esta frase recordando el final del libro la Vorágine de José Eustasio Rivera. Nuestra conversación transcurrió cuando había pasado tan sólo una semana desde el accidente de la aeronave en la que viajaban los niños. Consideraba que ya de por sí era un milagro que hubiesen sobrevivido al siniestro de la avioneta… ¡¿Pero ¡¿qué acontecieran dos milagros?! Mi hermana me miró y vaticinó sonriendo: “Yo creo que los van a rescatar con vida” enfatizó ella.
Y continuó: “La niña es una indígena de los indios Huitotos. Estoy segura que tiene el conocimiento para poder sobrevivir y salvar a sus hermanitos. Cosa que ni tú ni yo podríamos hacer.” Me quedo mirándola mientras me preguntaba a mí mismo cómo podría alguien –y más aún unos niños- sobrevivir a la Vorágine, esa selva que representa la fuerza caótica y devoradora de la Naturaleza.
Un ecosistema que se caracteriza por su misterio, por ser voraz e sobretodo implacable. Si me hermana me hubiese pedido que apostara con ella, lo habría hecho. Le expliqué ese día sobre la diversidad de criaturas venenosas y depredadores que habitan en la selva. También lo hice sobre lo hostil y denso del terreno. Y rematé advirtiéndole sobre las condiciones climáticas de extrema humedad, tormentas y ríos crecidos que seguramente habrían. Ella sonrío y me dijo: “Ya verás Rodri, ya verás”
A las tres semanas de nuestra conversación ocurrió el segundo milagro. Dos conclusiones… Mi hermana es bruja y la selva de manera misteriosa no quiso devorarlos.
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