La roscomanía

Harold García

Son muchas las frases que se utilizan para justificar la roscomanía. Que “se gobierna con los amigos y no con los enemigos”, “El futbol se juega con los del corazón”, “más vale malo conocido que bueno por conocer”, “torero que se respete llega con su cuadrilla”, en fin, siempre hay una disculpa.

Lo lamentable es que si nos atreviéramos a romper este esquema perverso podríamos tener una selección Colombia campeona del mundo, unos gobiernos con los mejores funcionarios para un plan de gobierno de lujo, surgirían cantantes con voces prodigiosas y no los hijos de los cantantes famosos con voces mediocres acrecentadas con arreglos técnicos, deportistas de todos los estratos sociales que tendrían la oportunidad de surgir como unos titanes.

La roscomania en prima hermana de la corrupción y hermana de la mediocridad. Son una familia de miedo. Pero también hay otra pariente digna de descubrir, la tecnocracia que crea una serie de trámites enredados hasta para sembrar un arbolito, como en la célebre parodia de sábados felices. Muchas veces una buena idea se sepulta en ese laberinto tramitológico.

A veces nos inventamos un lenguaje técnico innecesario, protocolos extraños y solemnidades irrelevantes. Alguien decía que para enredar algo bastaba con crearle una comisión, una junta técnica o un grupo de trabajo.

La meritocracia se desvirtúa con estrategias como la puerta giratoria. Yo nombro el tuyo y tu nombras el mío. La selección requiere de una estructura de equipo ya ensamblada y por eso tomamos la base de tal o cual equipo.

La corbata, el frac, el vestido completo y hasta la guayabera parecen destinados a la extinción. La informalidad es el vestido de moda, la forma de hablar de moda, el nuevo estilo, pero desafortunadamente no van de la mano de la supresión de la roscomanía. ¿Cuándo cambiará el mundo?

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