Fuerzas oscuras han intentado de manera sistemática y articulada imponer la política del miedo en el país buscando desencadenar la tentación de entregar nuestra libertad a cambio de la desolación y el caos. Cuando el miedo desplaza a la razón, el resultado es odio y división irracional. Es lo que creo que esta pasando en Colombia.
Por ello, necesitamos una ciudadanía bien informada, que no significa estar ocupada de todo lo que se publica en las redes sociales, sino de valorar los riesgos reales y sus justas proporciones para responder como sociedad y Estado de manera institucional. Se trata de minimizar el impacto destructivo de la ansiedad y de la zozobra vividos en los últimos días con un liderazgo de calidad y gestión por parte de los mandatarios que con razón la comunidad reclama para encontrar soluciones a la altura del momento histórico.
Pienso que el país puede triunfar de este colapso social y político enfrentando con decisión lo desconocido y acudiendo al liderazgo colectivo de una nación que no puede claudicar su libertad y soberanía. No pueden explotarse los temores de la ciudadanía para llevarlos a extremos insensatos que debiliten el propósito de actuar como una sociedad jurídicamente organizada. Hay que concentrarse en las verdaderas amenazas que representan aquellos que pretenden llegar al poder a través de la violencia y la desesperación popular.
Pido al Señor Presidente Duque, a los partidos políticos, a los medios de comunicación, a los estamentos sociales y gremiales que inspiren un nuevo liderazgo que nos conduzca a la superación de los temores y encause a la nación a los aspectos esenciales para garantizar una sana convivencia pacífica y de desarrollo social, porque el miedo no puede convertirse en un factor de desolación.
El gobierno nacional tiene que hablar no sólo con los promotores de la protesta, sino también con los jóvenes, quienes están en los llamados puntos de “resistencia”, con los campesinos, camioneros , taxistas y demás actores sociales quienes piden con justicia sus reivindicaciones en una verdadera conversación nacional, que desde las “calles” nos saque del “bache del paro” y así desafiar con valentía, como siempre lo ha hecho Colombia, la nueva realidad social y política del país, que anhela cambios y transformaciones que signifiquen nuevas oportunidades para todos, de tal manera, que los empresarios y trabajadores vuelvan a laborar; los servicios públicos se puedan prestar eficientemente, los comercios y los profesionales independientes, trabajadores informales y prestadores de servicios regresen a sus actividades. Que haya confianza para recorrer nuestras ciudades.
Es decir, hay que reactivar el aparato social y productivo nacional y recuperar la credibilidad y confianza en las instituciones, que han estado sometidas a la la inmovilización de todo orden, afectando a la ciudadanía por igual, por cuanto en una democracia los ciudadanos tienen que comportarse de manera racional hasta llegar a una conclusión colectiva que es el paso que tenemos que dar con credibilidad entre gobernantes y gobernados; de la misma manera que, entre la sociedad y los manifestantes, quienes son el vivo reflejo de la inconformidad y ,claro, de la angustia ciudadana.
Es la hora de anticipar amenazas emergentes, puesto que el terrorismo se basa en la utilización del miedo con fines políticos. Lo que hoy tiene que sostener a Colombia son los principios de unidad como país, porque a pesar de todas nuestras dificultades y de las convicciones políticas de cada ciudadano, por encima de cualquier pensamiento individual está el amor por nuestra patria.
Las razones legítimas de una protesta social no pueden convertirse en un pretexto para acabar con lo que se ha construido con tanto esfuerzo en nuestra historia republicana. Ni para el vandalismo, el robo, el atraco ni mucho menos para emplear medios que deriven en la violación de los derechos humanos aplicando la política del miedo, la que debe enfrentarse institucionalmente con la razón y la fuerza legítima de una sociedad y de una nación que claman por desarrollo social y económico libres y en paz.
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