Llegó a mis manos el libro “La misa ha terminado” de Gustavo Álvarez Gardeazábal, en el momento que cierta parte de la sociedad colombiana se moviliza para expresar su odio hacia la comunidad homosexual. La marcha por la defensa de la familia que fue apoyada por los obispos, sacó a flote la ideología más negativa de quienes fueron convocados por distintos sectores conservadores. Esta marcha fue aprovechada para hacer política a costa de los principios mínimos de respeto a la dignidad humana y a la diferencia sexual.
Por eso, mientras leía “La misa ha terminado”, reafirmaba la concepción de que seguimos construyendo una sociedad donde prima un ambiente doble moral de quienes defienden ciertas posturas y actúan de forma contraria. Este libro plantea una reflexión acerca de la satanización del sexo, el celibato, los miedos humanos, la culpa y la muerte. Gardeazábal presenta una serie de historias donde el amor y el deseo tocan las sotanas de los curas, dejando entrever una realidad distinta a la que promulga el clérigo.
Como un ser creyente y respetuoso de las diferencias humanas, me cuestiono esas posturas homofóbicas de una sociedad que ha olvidado que las conductas que discriminan no son una práctica de los católicos. La iglesia católica debe propender por la formación de una humanidad que deje de ver a los gay como pecadores o enfermos. En este momento de odio, quisiera recordar las oportunas palabras de monseñor Juan Vicente Córdoba: “Yo les digo hermanos homosexuales y lesbianas: cuando se casen tengan hogares bonitos, tengan lo que nosotros llamamos la fidelidad, formen a sus hijos con amor, preocupados de los pobres, de los más necesitados para que haya justicia en Colombia”.
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