La magia mediática

Parece mentira, pero los colombianos no salimos de nuestro asombro. Una oleada como si se tratara de una respuesta a un terremoto hace presencia como un perturbador tsunami a la opinión pública. El agobio que produce la planeada cascada de información sobre la esperanza de llegar a la paz en pocos meses ha generado que por arte de magia el presidente Santos haya recompuesto su mal trecha favorabilidad. Como un cañón, ha superado más de trece puntos porcentuales con relación a la última encuesta. Se ha transformado en el gran mesías y tiene convencido a todo el país y a la comunidad internacional de que un conflicto de 50 años y con características intolerables se puede convertir en pocos meses en el modelo de paz más insólito.

Definitivamente el plan de medios elaborado por el santísimo está logrando calificar a la manera de la raya de Pizarro, dividiendo a los colombianos entre amigos y enemigos de la paz. Las razones es que se decidió a cualquier precio silenciar los fusiles. De nada vale que el precio sea la impunidad. De nada vale que el Estado colombiano haya suscrito el Estatuto de Roma. De nada vale que hayamos aceptado la operabilidad de la Corte Penal Internacional, que establece la irrenunciabilidad al juzgamiento de los delitos de lesa humanidad, el genocidio, los delitos de guerra y el de agresión, en que se encuentran incursos los comandantes guerrilleros, quienes convirtieron estas conductas penales en variables permanentes de la guerra terrorista.

La luna de miel, endulzada por los olores de la amnesia, nos va a condenar a un enceguecimiento, que va a terminar prolongando nuestra tragedia, e ingresando todos aquellos que han hecho del unanimismo su cántico permanente, en la dialéctica de la ignorancia que va de la oscuridad a la ceguera.

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