La feria virtual y el sofá

Rodrigo Fernández Chois

Existe la costumbre de identificar los problemas de una manera desacertada, y por tal motivo, ejecutar medidas correctivas absurdas e incompetentes. El mejor ejemplo es el de quien descubre que su pareja le es infiel en el sofá y para solucionar el inconveniente resuelve vender el mueble. Los emprendedores del esparcimiento y la diversión nocturna sí que padecemos esta malsana práctica cuando, en aras de evitar los actos violentos, debemos sufrir un diluvio de normas y limitaciones al ejercicio de nuestra libre empresa.

Lo que está sucediendo con la avalancha de críticas al propósito de realizar una Feria de Cali virtual, ataques con el argumento de que es más conveniente direccionar los recursos a otras necesidades ciudadanas, es también ejemplo de reconocer de manera errada un problema.

Como economista sé que no existe mejor manera de reactivar una economía que ejecutar gasto público. Y personalmente creo que –todas las cosas igual- un gasto oficial irradiado en la inmensa población de bailarines, músicos, cantantes, sastres y escuelas que representan el ramo cultural de Cali puede llegar a ser mucho más eficaz, en términos de reactivación económica, que si se dirige solo a unos cuantos contratistas civiles cuya cantidad contaría con los dedos de una sola mano. El quid del asunto no es la realización de nuestra feria virtual, así como no lo era el sofá. El punto es que los recursos no se malversen, delito que igual podría suceder si los recursos se invirtieran en cualquier actividad. Y finalizo advirtiendo que, dada la crisis económica generada por la pandemia, una defraudación pública -nazca donde nazca- sería hoy más criminal que nunca.

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