En tres semanas los colombianos volverán a las urnas para escoger entre Iván Duque y Gustavo Petro el nuevo presidente de la Republica.
Los candidatos representan dos modelos diferentes de país. El tema económico es tal vez en el que más se distancian.
Sin duda, el discurso de Petro es llamativo. Colombia tiene que luchar contra la pobreza y lograr una distribución más equitativa de la riqueza.
Sin embargo, no comparto que el candidato use la lucha de clases y que venda la idea de que las empresas y los empresarios son los responsables de esta tragedia social.
¿Equidad con el trasfondo de una con una economía raquítica no significa repartir pobreza? En Colombia se estima que existen cerca de 3 millones de empresas.
Desafortunadamente, la mayoría son PYMES y no cuentan con herramientas suficientes para consolidarse, crecer y ser competitivas.
Empresas débiles difícilmente pueden ofrecer empleo de calidad.
¿Por qué entonces “estigmatizar” a aquellas que han logrado factores claves de éxito? El país no puede retroceder en un esfuerzo para impulsar el sector privado, consolidar la empresa privada y atraer inversión extranjera.
Por supuesto tiene que luchar para brindarles oportunidades de acenso económico a todos los colombianos.
Estos elementos no tienen que ser excluyentes de una propuesta de país.
Realmente, ¿el norte del Cauca sería mejor sin Incauca o sin las empresas de la ley Páez? ¿Hay que acabar con ellas para impulsar pequeños proyectos productivos o las cooperativas campesinas? No entiendo aún en el modelo de Petro cuál es la fórmula para garantizarles a los colombianos el progreso en un país sin petróleo, sin carbón y sin empresas.
En serio, ¿Podemos ser líderes mundiales de aguacate sembrando unos cuantos palitos en cientos de minifundios?
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