Hace poco menos de dos siglos, Alexis de Tocqueville, cronista y escritor francés, lanzó en París un libro llamado “La democracia en América”, luego de un recorrido que hiciera por tierras americanas (entiéndase estadounidenses) con el objeto de hacer un estudio sobre el sistema carcelario en esas tierras. Estudio que concluyó solamente por la responsabilidad de cumplirle a sus jefes, pero que no representó nada al lado del tratado que escribiría sobre la democracia. Hoy reconocido como uno de los grandes clásicos de la filosofía política mundial.
En él, antes que ensalzar la democracia en los recién creados Estados Unidos de la época, Tocqueville introdujo una serie de críticas a la democracia del Estado Federal naciente, que, ni él mismo lo creería, hoy por hoy se han convertido en unas auténticas profecías.
Definió la democracia practicada en América como “el despotismo suavizado” que en cambio de otorgar igualdad de derechos a todos, lo que consiguió fue “limitar la libertad mental y la verdadera libertad de discusión”.
Señaló, además, que “las dos fuerzas en contienda planean cada una por aparte, y bajo sus propios argumentos, hacerse al poder de manera forzada”…Lapidaria y profética sentencia que no dista ni un solo milímetro de lo que sucede en EEUU en la actualidad, por no decir, en el resto de países del mundo que practican la democracia como forma de gobierno.
Suena herético, lo sé, y hasta casi delictuoso, hablar del “fracaso de la democracia” en épocas convulsionadas como éstas, especialmente porque el término “democracia” ha sido tan sacralizado en las sociedades de hoy, que referirse a él como “fallido” sería tanto como que el Papa pronunciara la encíclica “Deus non est” “Dios no existe”, sin provocar una guerra santa. Que es justamente lo que estamos ad portas de presenciar.
Siempre se ha dicho que a los imperios no es necesario derribarlos, porque probado está que ellos se desmoronan solos desde adentro. Nada más cierto que eso, pues se sabe que Roma no necesitó de la fiereza de Alarico, de Atila o de Aníbal para desaparecer, sino de su propia depravación y codicia. Trasunto de lo que sucede hoy en la América que se desmorona sola desde adentro. Y de su mano, el resto de las democracias mundiales, que para su desaparición no están requiriendo del Alarico, del Atila o del Aníbal, falsamente llamados izquierda, sino de su propia corrosión y depravación, representada en la codicia de quienes la usan para disfrazar sus instintos esclavistas.
Pero surge la pregunta ¿por qué se está desmoronando el Último Gran Imperio? Y la respuesta siempre ha estado ahí: por la corrosión de la democracia. Esa misma que observó Tocqueville desde sus inicios. Esa que definió como “despotismo suavizado”, que “aparte de limitar la verdadera libertad mental y de discusión”, evidenciaba que “las dos fuerzas en contienda planearan, cada una por aparte, y bajo sus propios argumentos, hacerse al poder de manera forzada”, porque, acertadamente, la democracia observada por Tocqueville nunca ha evolucionado, debido a que las personas comunes jamás han tenido opción de elegir a sus candidatos, sino a votar por los que las élites les han impuesto; ni a postularse como uno de ellos si no hace parte de esa élite; ni mucho menos a representar ideas contrarias a las establecidas por esos dos únicos bandos, hijos de los tories y de los whigs, sin ser asesinadas.
Luego, la democracia nunca ha existido porque nunca nació bajo los mandatos de la filosofía que la formuló desde sus inicios. Ha sido tan solo “un método”, “una retórica” usado para justificar un sistema de gobierno autoritario y pseudomonárquico, que me atrevo a definir como “la libertad que tienen los ciudadanos de votar por las ideas de derecha establecidas”.
Punto clave de la expresión usada por Tocqueville, esa “limitación de la libertad mental y de discusión”. Condición esencial de la verdadera democracia que nunca se le ha permitido al pueblo, porque cuando al ciudadano no se le permite “discutir” las ideas sino simplemente “adherir” a ellas, se está en presencia del “despotismo suavizado” de Tocqueville, o de una pseudodemocracia, de una dictadura de la democracia, o simplemente de una “democracia fallida” generadora de violencia. Esa violencia que solamente podrá ser conjurada hasta tanto la sociedad disponga de “libertad mental y de discusión” como proféticamente lo expresara Tocqueville en su clásico “La democracia en América”.
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