Jesús Santrich

Natalia Bedoya

Pretender encontrar una razón que justifique el abandono de Jesús Santrich a su esquema de seguridad es tan ilógico como impropio. Sólo el comité de aplausos de las Farc, conformado por unos cuantos honorables congresistas y por sus excompañeros del secretariado encuentran justificable que hoy no se sepa el paradero del exjefe guerrillero.

Se volvió habitual burlarse de la justicia. Primero fue alias el “paisa”, hoy es Santrich, y mañana cualquier otro exguerrillero que encuentre amenazado el regalo de impunidad que Juan Manuel Santos les dejó.

Evadir la justicia se volvió el festín. El salvoconducto para seguir delinquiendo, que la rama judicial otorgó al narcotraficante de las Farc fue bien utilizado por el delincuente, y hoy quizás, quizás, quizás, está disfrutando de los réditos del negocio del narcotráfico.

La Corte Suprema de Justicia, que tomó la decisión de dejarlo libre, y la JEP, que evitó su extradición, deben asumir el costo de volverse cómplices del peor precedente de impunidad. Las cosas hay que decirlas por su nombre y Jesús Santrich se voló, le teme a la justicia, le teme a la extradición, porque tiene rabo de paja. Reincidió en el delito y sabe que debe responder.

Nuestras instituciones en jaque, el mensaje de impunidad latente y con la única conclusión posible, una paz mal hecha por el afán de ganar un Nobel de Paz, cuando sólo bastaba un mínimo de garantías que lograran justicia para las víctimas.

La situación empeora, el caso de Santrich debe ser la gota que rebosa la copa, no podemos seguir permitiendo la burla sistemática de las Farc a la justicia, algo tenemos que hacer como sociedad civil o también seremos cómplices. 

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