Imposible no darse cuenta. Con cada visita al supermercado descubrimos que los precios de los productos están subiendo a un ritmo que jamás habíamos experimentado. Estamos padeciendo el mal de los males para un economista que se precie de serlo: inflación.
¿Qué hay detrás de este malsano y abrumador fenómeno? La ecuación es simple: los precios suben o porque hay mucha demanda, o porque hay poca oferta, o porque hay la expectativa de que van a subir por razones especiales. ¡O una mezcla de las tres! Personalmente creo que la primera causa es descartable.
Si bien venimos en un proceso de recuperación después de cuarentena, podría aventurarme a decir que la utilización promedio de las capacidades de planta de muchos negocios no igualan a lo que era antes de pandemia.
Quedan las otras dos variables. Una reducción de oferta y la creencia generalizada de que los precios van a subir por razones determinadas.
Por un lado, la reducción de la oferta involucra el tema de costos: incrementos en todos los ítems que conforman la cadena del valor de un bien y que explican su precio final: la mano de obra, el transporte, el bodegaje, la seguridad logística, la continuidad del suministro de insumos, etc.
Y por el otro lado, las expectativas, que si son negativas -con fundamento o no- crean inflación cual si fuesen la demostración clara de la existencia de la Ley de la Atracción,
El mal está servido sobre la mesa. ¿Qué podemos hacer? Lo que hacen las magas amas de casa. Revisar con atención los centavos publicados en las etiquetas del súper para que los pesitos alcancen.
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