Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Gratitudes por mis maestros

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En vísperas del Día del Educador, dejo a un lado la modestia, para confesar mis sentimientos y gratitudes por mis maestros, ya que tuve excelentes y, además, para expresar algunas reflexiones después de también haber ejercido la docencia durante mayor parte de mi existencia.
Si el Libertador Bolívar, lo hizo con su Robinson, su maestro Simón Rodríguez; si Ernesto Sábato, lo hizo con Pedro Henríquez Ureña, aquel profesor de su adolescencia; si Gabriel García Márquez, lo hizo con Rosa Elena Fergusson, bella maestra que le enseñó en el Colegio Montessori de Aracataca; por qué no hacerlo con humildad y sin pretender ser irreverente al contarlas junto a sus emblemáticas gratitudes.

“Oh mi maestro. Oh mi Robinson…Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Usted me señaló” (Bolívar).

“A medida que pasan los años, ahora que la vida nos ha golpeado como es su norma, a medida que más advertimos nuestras propias debilidades e ignorancias, más se levanta el recuerdo de Henríquez Ureña, más admiramos y añoramos aquel espíritu supremo”. (Ernesto Sábato).

“Con el talento y la belleza de Rosa Elena Fergusson, estudiar era algo tan maravilloso como jugar a estar vivos” (García Márquez).

Aprovecho este espacio para compartir públicamente sinceros sentimientos para con mis maestros.

Confieso que son varias las razones para ser grato, emocionarme o entristecerme cada 15 de mayo: la Divina Providencia aún conserva vital a Ramiro Girón, quien hace sesenta años fue mi primer maestro, él me enseñó a leer y me cultivó la vocación para que años después pudiese emularle.

Otra razón emocionante siento al pasar frente a la Normal Departamental en el barrio Olímpico, porque se estimula mi gratitud ya que en sus pupitres me prepararon para que asumiera la misión pedagógica, que desempeñé por cuatro décadas.

Me alegra enterarme que varios de los profesores que contribuyeron con mi formación profesional, satisfechos se hayan retirado y, como en mi caso personal, sigan dando gracias a la vida que les dio tanto como para poder culminar su deber cumplido.

Cuando paso frente a Santa Librada, también me asalta la alegría, claro con un poco de nostalgia, porque en la amada institución republicana ejercí mis mejores años de docencia, pero ya no es mi espacio para iniciar mis inolvidables cotidianas jornadas pedagógicas.

La dialéctica de la vida que de las alegrías pasa a la tristeza, no me deja ocultar que cuando paso por la Santiago de Cali, entristezco porque a Alberto Aguirre, mi maestro santiaguino de Derecho Constitucional, no le alcanzaron los días de abril para que este 15 de mayo hubiésemos compartido anécdotas, emociones y gratitudes.

El Día del Maestro, también quiero honrar los grandes humanistas de la educación: Paulo Freire y su propuesta de educar como una práctica de libertad; Agustín Nieto Caballero y su Escuela Nueva; Estanislao Zuleta y su método educativo que enseña a pensar y construir democracia.

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