Gorditos y bonitos

Rodrigo Fernández Chois

Así les dice a sus subordinados Skipper, el inteligente líder de la milicia de pingüinos de Madagascar, cuando quiere que su equipo atraiga la atención: “Gorditos y bonitos muchachos”, repite sin cesar. Yo también lo creí siempre… que estar gordito era una especie de sinónimo de bonito, e incluso de saludable. De hecho, mi racionalidad masculina y lógica de economista me hizo deducir que un cuerpo varonil con profusas reservas de grasa proyectaba una imagen de estatus, de buena vida y de abundancia. Por esta razón, cuando terminé mi pregrado universitario me subí felizmente varios kilos ubicándome en ese rango que los nutricionistas clasifican como sobrepeso e incluso rayando el límite de la obesidad tipo uno.

Años después, y al estudiar el misterioso pero fascinante pensamiento femenino –me sirvió la especialización en mercadeo en la Icesi- descubriría que, si bien mi primera deducción era racional y lógicamente correcta; cuando se trata de las hijas de Eva, el terreno que pisamos es emocional; y por ende, regido por las hormonas que a todos nos inundan. A ellas les atrae la masculinidad o virilidad, que en palabras químicas no es otra cosa que testosterona.

Entonces una gran verdad me fue revelada: Las células grasas –sí, esas que consideraba que nos daban status- producen en el cuerpo una enzima llamada aromatasa que convierte la testosterona en estrógeno, la hormona femenina por excelencia. En síntesis, esta reacción hace que, a los ojos de ellas, los hombres con sobrepeso sean considerados menos masculinos y por ende menos atractivos potencialmente… Conclusión: Una cosa somos los homos sapiens, y otra muy distinta, los pingüinos de Madagascar.

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