Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Gatos dignos, segunda parte

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Mis lectores notaron que, en la anterior columna, titulada “Gatos y perros, dignos de aplausos”, fui algo miquingo con el felino doméstico. Ocurrió por causa de haber agotado la cantidad de caracteres que siempre utilizo con disciplina cuando redacto mis columnas.

Pero me faltó la malicia de Scheherazade de Las Mil y Una Noches, para haberlos dejado en suspenso hasta una nueva columna, así hubiera evitado epítetos. A veces soy muy ambicioso con un tema, pero se me desparraman las ideas y me cuesta dificultad condensarlas para que el sólido no se desvanezca en el aire.

Mi notorio perrofilia, jamás se opondrá a mis sentimientos gatófilos, recuerden que en mi escrito anterior rechacé a quienes señalan de “vivir como perros y gatos” a las parejas acostumbradas a pelearse.

Les confieso con orgullo que no aprendí a deletrear en la “Alegría de leer”, sino en la “Cartilla Michín” y que lo primero que declamé en la escuela fue “Mirringa”, poema de Rafael Pombo.

Cómo podía sufrir de fobia gatuna, si desde mi niñez siempre quise tener las siete vidas del gato y en la noche el poder de ser pardo. También recuerdo que, de niño, cuando de la vereda Terrón Colorado bajaba en chiva hacia la ciudad, siempre leí el aviso al pasar frente al Club Gatolandia.

Fantasías aún no superadas, cosa que me impulsa cada día a mirar con más amor y de cerca a los gatos. Confieso que soy un asiduo escucha de los programas deportivos de Ricardo “El Gato” Arce, porque tienen inteligencia felina en los comentarios. También recuerdo el proyecto político en la contienda por la Alcaldía, que fue exitoso porque adelantó su campaña organizando los gatos.

Más que acoger cualquier revaluada doctrina neoliberal considero que estudiar la vida del gato nos vuelve legítimos libertarios criollos. Estoy casi seguro de que ningún caleño preferiría cambiar el gato de Hernando Tejada, erguido en la portada de nuestra ciudad, por la monumental Estatua de la Libertad en Nueva York.

Antonio Burgos, considerado el mejor tratadista gatuno del mundo, al hablar del felino como modelo de libertad, digno de ser imitado por los humanos, argumenta que para él los gatos son jacobinos, librepensadores, revolucionarios, ácratas, capaces de destronar reyes a cada instante y ocupar sus sillas.

Y para demostrar su teoría político-socio gatuna, dice que nadie ha podido domeñar gatos, amaestrarlos con domas y habilidades. Que nadie, jamás podrá apacentar un rebaño de gatos, ni tampoco transportar cargas en recuas de gatos o que corran en disputas para que los humanos nos juguemos el dinero. Ni ha habido titiritero capaz de hacerlo bailar sobre dos patas al son del tambor.

¿Será por eso que cada 20 de julio, brindo por nuestra independencia con Vino Gato Negro? El gato es un animal inteligente, silencioso y astuto. El gato imita al hombre en el aseo, sin ayuda busca el arenero para hacer sus deposiciones y tapa sus heces con autonomía. Antonio Burgos dice que, como buena criatura de San Francisco de Asís, el gato pone gozo donde había tristeza y nos enseña más que ser comprendidos a comprender; más que ser amados a amar.

Julio Cortázar, Pablo Neruda, Truman Capote, Jorge Luis Borges, entre otros, fueron escritores gatófilos. Neruda escribió una Oda al Gato: “Los animales fueron / imperfectos, / largos de colas, tristes/ de cabeza. / Poco a poco se fueron/ componiendo, / haciéndose paisaje, / adquiriendo lunares, gracia, vuelo. / El gato/ sólo el gato/ apareció completo/ y orgulloso:/ nació completamente terminado, / camina solo y sabe lo que quiere. /

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