Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Gabo, noveno aniversario

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En otro aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez, que hace nueve años falleció exiliado en México, recordemos que tampoco fue profeta en su tierra y que mientras en otros países los estudiantes devoran sus narraciones, en Colombia algunos docentes de lengua castellana lo relevan de los programas escolares.

Esta semana, antes del 17 de abril, se dieron dos hechos que confirmaron la grandeza del Nobel: los académicos reconocieron que “Cien años de soledad” superó al “Quijote de la Mancha” en número de traducciones, en nuevas ediciones y cantidad de lectores.

Segundo: una de las razones que tuvo la revista Time para reconocer al presidente Gustavo Petro como personaje influyente universalmente, fue la reivindicación que suele hacer el mandatario de la obra literaria del gran escritor.

Pero los detractores han vociferado que el escritor fue ingrato con nuestro país, mientras Cuba, México, Alemania, China y otros países, erigieron en sus parques esculturas de García Márquez.

Los bochincheros olvidaron que nuestro escritor colombiano tuvo que asilarse en la embajada mexicana en Bogotá para salvarse de ser un falso positivo de la justicia represiva del Estatuto de Seguridad.

“Después de veinticinco años, tenía el propósito firme y grato de vivir en mi país. Pero en este ambiente de improvisación y equivocaciones, recibí una información muy seria de que había una orden de detención contra mí, emanada de la justicia militar. No tengo nada que ocultar ni me he servido jamás de un arma distinta de la máquina de escribir, pero conozco la manera como han procedido en otros casos semejantes autoridades militares, inclusive con alguien tan eminente como el poeta Luis Vidales, y me pareció que era una falta de respeto conmigo mismo facilitar esa diligencia”.

Cuando todavía estaba vivo, países europeos pegaron sobre las paredes de las estaciones de los trenes ampliaciones de páginas de “Cien años de soledad”, para deleitar a los pasajeros antes de dirigirse a sus destinos.

En los últimos años de mi ejercicio docente me sorprendió que varios niños inmigrantes venezolanos ya conocían su novela y sus cuentos peregrinos.

Juan Carlos Zapata, destacado periodista, ensayista y escritor venezolano, cuando la Academia Española de la Lengua vino a Colombia a tributarle un homenaje a García Márquez en su octogésima efeméride y a lanzar una edición conmemorativa de “Cien años de soledad”, publicó un ensayo titulado “GABO NACIÓ EN CARACAS NO EN ARACATA”.

Cuando Gabo murió el 17 de abril de 2014, en la ceremonia que precedió a su sepelio, millares de mexicanos hicieron largas filas para poder ingresar al Palacio de Bellas Artes de México a darle el último adiós.

Nueve años después de su muerte física, porque Gabo quiere vivir para contarlo y, desde luego, más que un simple recordatorio, el homenaje que los educadores pueden hacerle a su memoria, será cultivarle a las nuevas generaciones el amor por su obra literaria.

Si el escritor sí tiene quién lo lea, muy seguro que “Cien años de soledad” sacará a los educadores de la mala hora y de que se queden inmersos en su laberinto.

Así, los maestros propiciarán que Gabo reencarne en sus alumnos, para que muchos años después también digan “mi maestra era una muchacha bella, tan joven que con el tiempo ha terminado por ser menor que yo. Fue ella quien nos leía en clase los primeros poemas que me pudrieron el seso para siempre. Recuerdo con la misma gratitud al profesor de literatura del bachillerato, un hombre modesto y prudente que nos llevaba por el laberinto de los buenos libros sin interpretaciones rebuscadas”.

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