Fuego y furia en Estados Unidos

Luis Felipe Barreras

La ola de protestas desatadas por la muerte de George Floyd adquiere unas dimensiones históricas con el paso de las horas. Miles de estadounidenses copan las calles de una veintena de ciudades reclamando justicia y respeto por la vida. La solidaridad con la comunidad afroamericana se ha despertado en varios continentes mientras el demencial y autoritario discurso de Trump, en lugar de comprender y calmar el ímpetu de las multitudes enardecidas, atiza el fuego y la furia colectiva en su propio país. Nerón jactándose de las llamas.

La democracia más antigua del continente se estremece. Con más de 100 mil muertos por la pandemia y más de 40 millones de desempleados por la crisis económica, ahora hay que añadirle el malestar ciudadano contra las autoridades policiales, el sistema judicial y el gobierno federal.

La Casa Blanca, el centro del poder político mundial, está sumida en las tinieblas, convertida en una trinchera con francotiradores, la guardia nacional y el servicio secreto en estado de máxima alerta. Trump se defiende atrincherado de su propio pueblo. Se defiende con las armas del mal: el fanatismo, el odio y la estigmatización. Se empeña en dividir más a una nación que necesita ser unida y sanada. Insiste en provocar la ira entre sus enemigos y avivar el rencor entre sus amigos, de cara a las próximas elecciones, sin importar que sus actos irracionales lleven al país directo al precipicio.

Las democracias del mundo y en especial la nuestra, no pueden seguir este camino. Los costos de elevar populistas y extremistas al poder son muy altos. La ausencia de virtudes morales, discernimiento y prudencia política en un líder a la hora de tramitar este tipo de crisis, degradan la democracia y sacan a relucir un profundo desprecio por los reclamos legítimos de los ciudadanos. Las vidas afroamericanas importan, todas las vidas importan. El verdadero cambio político estriba en que esa fuerza social se canalice por cauces institucionales y se exprese libremente en las urnas. Al final, como trinó Hillary Clinton, las elecciones importan.

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