¿Cómo se puede, en un pequeño espacio, hacer un mundo? ¿Cómo esquivar la muerte y recorrer mares, en ese tablado? ¿Es el hombre Dios es en esos instantes de creación, de guerra, de fenecimiento?
Son esas preguntas, entre otras, las que surgen cada vez que asisto al teatro, una expresión del arte que creían ya anacrónica, pero sigue tan vigente como la parrilla variada de Neftlix.
Mi amigo el escritor Julio César Londoño dice que “el teatro es el cine en bicicleta”, y puede ser cierto, y justo en ello radica su magia. En esa forma de observar personajes-historias, sin el afán o el vértigo de estos tiempos.
Cali ha sido meca del teatro, ya es vox populi, pero sigue empeñada en darle continuidad a esa forma de la creación.
Por eso las salas concertadas de teatros están en ebullición y se transforman a la nueva realidad del covid-19, y es lo que hay que aplaudir – a rabiar- con el festival internacional de teatro que se vive en Cali del 20 al 29 de octubre, con un slogan rotundo: “el arte de lo sublime”
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