Al igual que ocurren errores cuando la enzima ARN copia una cadena de genes; el mercado también tiene sus deslices.
Para el primer caso, los biólogos hablan de mutaciones.
En el segundo, los economistas de “fallos de mercado”.
Los fallos de mercado son situaciones que surgen cuando la asignación de recursos que hace el mercado no es eficiente.
Los ejemplos más notorios incluyen los monopolios, la contaminación –que abarca el calentamiento global- y la información desigual que tienen los actores económicos, información privilegiada que genera ganancias extraordinarias para algunos a expensas de otros.
El ser humano en su afán de “mejorar las cosas y hacer justicia” ha intervenido tanto en biología como en economía para tratar de corregir estas supuestas fallas.
Digo “supuestas” porque, en el caso de la naturaleza, las mutaciones son la respuesta a cómo la vida evoluciona y permite que los seres se adapten a las cambiantes condiciones de su entorno.
La intervención humana en este campo a menudo nos lleva al Frankenstein de Mary Shelley y su moraleja final.
¿Y en economía? Las intervenciones destinadas a corregir los fallos suelen desencadenar efectos adversos, lo que hace que el remedio sea peor que la enfermedad.
Por esta razón, surgen las llamadas “fallas del estado”. Y cuando el estado es particularmente corrupto, inescrupuloso y voraz, estas fallas se convierten en monstruosidades que superan a todos los demonios del Infierno.
Parafraseando al escritor y periodista americano Mencken: “El hombre no debería intentar jugar a ser Dios antes de aprender a ser un hombre. Siempre será más difícil aprender a ser un hombre que pretender jugar a ser Dios”.
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