Experiencia post vacuna

Rodrigo F. Chois

Convencido, y superada la paranoia, acudí a la plazoleta Jairo Varela para vacunarme. La logística –que aprovecho para felicitar- aumentó mi positivismo. “Estamos aplicando AstraZeneca”, me informa la enfermera mientras llena la jeringa.

“Bien pueda”, digo. No siento dolor por lo que sonriendo insinúo: “¿Y no dan besito en el hombro por el chuzón?” Ella y un par de enfermeras que estaban en la mesa rieron.

Me pongo de pie y pregunto a las tres: “¿Puedo hacer ejercicio esta noche?” Se miran entre ellas y todas con socarronas sonrisas contestan en coro “¡Por supuesto!”.

Regreso brioso a casa. Y en la tarde, con el deseo de burlarme de los que me advirtieron de que me iban a poner un chip para controlar mi mente, hago un video jocoso en TikTok.

Al caer la noche entendí la frase “Comenzó Cristo a padecer”. Me sentí débil. Qué ejercicio ni qué nada, me meto en la cama y un par de horas después vienen unos escalofríos que me regalaron la peor noche de mi vida.

Maldije a quienes me convencieron de vacunarme, entre delirios veo la cara de las enfermeras riéndose de mí por el video que había hecho.

Y cuando amaneció me siento como si me hubieran dado con un bate en todo el cuerpo. Duro así todo el día… ¡Pero me recuperé! Leo que las secuelas son fuertes para quienes han tenido ya el virus, cosa probable en mi caso por mis actividades.

Hoy, casi que blindado, me siento feliz y socialmente responsable. Y digo lo que decimos todos después de superar un espantoso guayabo… ¡¿Pa´cuándo es que es la otra?!

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