En el pasado carnaval de Cali Viejo ya no vimos desfilar a Willson Chantre, el “Zanquero mayor”, porque ocho días antes le habían cegado la vida para que no liderara más campañas de recuperación de jóvenes en riesgo de pandillas y adicción.
No volverá a salir más desde la ribera del río Cauca, zona del Jarillón, loco de contento, cargando un par de zancos para la ciudad.
Alegre el zanquerito siempre iba pensando por el camino que si ese día la suerte le acompañaba al montar sus zancos, un vestido a su viejita podría comprar.
Los niños ya no volverán a verlo pasar montado en sus zancos repartiendo la publicidad cerca a los supermercados y almacenes.
Tampoco los sindicalistas podrán invitarlo a que en las marchas desde lo alto siga enarbolando sus banderas y carteles.
Yo lo conocí en la Universidad del Valle, cuando él hacía parte del grupo cultural La Gaitana y emprendimos una perdurable amistad desde la vez que me invitó a una estación de radio a parlar sobre literatura en un programa que él emitía.
Willson siempre expresó su gratitud por Francisco Cataño del grupo teatral Fantomas y por Wilmar Arango del grupo teatral El Sol, quienes le enseñaron el arte y la destreza de montar los zancos.
Si en las aldeas de Malasia y de Japón los zancos les fueron útiles a los moradores de casas sobre lagos, en Inglaterra para recoger las frutas de árboles altos, en Francia para vigilar el ganado, Willson Chantre los aprovechó en nuestra ciudad para ganarse la vida y participar en las marchas. Paz en su tumba.
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