Cuando les enseñó la oración del Padre-nuestro (Lucas 11, 2-4) (Mateo 6, 9-13), Jesús se confirmó como el más grande maestro de la humanidad y sus doce apóstoles como los más aplicados discípulos de la historia: “Señor, enséñanos a orar”.
Ahora, la propuesta del Papa Francisco, exclusiva para Italia, de modificar la frase que dice: “E non ci indurre in tentazione” (no nos induzcas a la tentación); me hizo recordar que en otrora repitiendo en voz alta el Padrenuestro, en español, era nuestra única participación en la misa que se hacía en latín.
En el resto del tiempo éramos receptores de ininteligibles latinazos entre sacerdote y monaguillos. La propuesta papal tiene que hacernos reflexionar que no se trata de recitarlo, sino de un acto de comunicación interior con Dios.
Más que la literalidad, vale el sentido y compromiso con cada una de las peticiones. No lo hagamos pensando que después de pecar, basta rezarlo para empatar.
El Padrenuestro es la oración más profunda de la identidad cristiana por haber salido directamente de los labios de Jesús. Esta oración nos permite agradecer, pedir y renovar.
Contiene siete peticiones, 3 de honor y 4 mundanas: nombre (Padre), reino (cielo), voluntad (divina y terrenal), pan (diario), ofensas (perdón), tentaciones (impídelas) y males (protección).
Luis Alonso Schökel (1920-1998), sacerdote español, comentando a pie de página la Biblia del Peregrino, bien nos advierte: “No se puede convertir el proyecto de vida del Padrenuestro en una fórmula que se repita, pero que no transforma ni toca para nada ni el interior del creyente, ni la realidad que nos rodea”.
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