Qué se iban a imaginar los ensayistas y más exactamente los eruditos de la economía, los ausentes Nieto Arteta, Indalecio Liévano, José Consuegra, aquellos que como Zuleta, Arrubla y Melo le apostaron a desmitificar la Colombia inventada por el Partido Comunista, que iniciando el 2026, Gustavo Álvarez Gardeazábal, publicaría en la colección Biblioteca Gardeazábal, un ensayo y no una ficción y que además, para dolor de cabeza de ellos, contaría con la exquisitez narrativa y la magia encantadora de las metáforas de un novelista, una cara de la historia tan desconocida como la cara oculta de Luna.
El ensayo, como tal, no estaba en los planes de los miles de lectores de la obra de Gardeazábal. “El prisionero de la Esperanza” es precisamente una reflexión audaz que hunde sus raíces en la década del 80 y que como siempre, en esos años, se orientó hacia la explicación de lo que era, ha sido y sigue siendo “la Revolución del Narcotráfico” cuyas características y análisis ha sido eludido por los científicos de la coyuntura y el desarrollo económico, condenando esta revolución, como el hijo ilegítimo de nuestra historia.
Desde un inicio, Gardeazábal renuncia a la pertinencia de la novela, al decir que “es un género muerto, y que a través de él ya no se puede contar nada ni intentar cambiar el mundo… tal vez por ello he preferido hacer este popurrí y asomarme a los rincones de mi vida…” dando, de esta manera un golpe momentáneo para aprovechar, como nunca nos lo esperamos, una autobiografía “antes de que el gorgojo se coma por completo el armario y termine sin recuerdos”.
Este libro de ensayos no tiene el orden que seguramente le darían los académicos, pues el novelista, intencionalmente no le colocó prólogo, es posible que haya recordado que Borges, el escritor, quien el 26 de noviembre de 1974 sentenció “que yo sepa, nadie a formulado hasta ahora una teoría del prólogo. La omisión no debe afligirnos, ya que todos sabemos de qué se trata…”.
Lo que hace el autor de Cóndores, es embarcar al país en una línea dónde además de describirse a sí mismo, diseña una ruta en la que reconoce cómo el papel de la violencia, no a la manera leninista, como se cree, ha sido en este país, la gasolina que ha alimentado, como herencia de los españoles, de los indios nativos que vivían en guerra entre sí y de los esclavos derrotados en las guerras de África y recogidos por los traficantes, para sembrarlos en estas tierras de la Iglesia bajo la custodia de la Sagrada Inquisición.
El orden del “Prisionero de la Esperanza” es dictado por las lógicas de la metáfora literaria, su secuencia narrativa surge a partir del reconocimiento del papel de la violencia y su origen, aterrizando en el hecho singular de cómo la economía del narcotráfico, ha sido el motor que ha jalonado en las últimas décadas, pues como afirma “… no, nos neguemos más a admitirlo, sufrimos la revolución de los traquetos que incompleta o no, modificó lo patrones culturales, los valores de comportamiento y la estructura política del país. Por ella sufrimos la transformación, que oteando a 40 años atrás es tan notoria para seguir negándola….” Así es como este ensayo se va transformando en una respuesta contundente al ritmo frenético que ha impulsado nuestra supervivencia y que para Gardeazábal no tiene otro destino, si no la consolidación de la Revolución de los Traquetos.
Yo que llevo años enteros de mi vida enseñando la Revolución Francesa que a través de módulos, sigo todavía haciéndolo en las universidades, me encuentro sorprendido de como para Gardeazábal, la no consolidación de la revolución de los traquetos se debe a que faltó un Napoleón que en el diseño del novelista desborda toda la antología que la posrevolución francesa creó en torno a las épicas de su vida.
Para Gardeazábal quedó faltando en Napoleón criollo que impusiera, como lo hizo en Europa, aquí en Colombia, una mano dura necesaria para romper el círculo de violencia construyendo un Estado, que como el que creó Napoleón, contara con un ejército victorioso.
Esta tesis se puede leer con claridad cuando escribe “La historia nos demuestra que la revolución de los franceses no habría podido llegar a nuestros días si no aparece en el panorama la figura mitológica de Napoleón Bonaparte”.
La herencia y el legado de Gardeazábal está precisamente en estos ensayos, al punto que se queda uno siempre con la impresión de que si la vida y la envidia de las élites gobernantes no lo hubieran perseguido y encarcelado, como lo hicieron, seguramente la intuición del creador de historias entorno a la violencia, habría cumplido el papel de ordenador y organizador de una nación en la que la doble moral ha impedido la cristalización de una sociedad, que como lo argumenta ya en la agonía del libro, ha quedado en manos del Gobierno del Cambio, llevándonos al borde del abismo y condenándonos a una Colombia Prisionera de la Esperanza, fragmentada y secuestrada, por una sucesión impensable de gobiernos criminales consolidados bajo el ritmo de la Paz Total.
Confieso que ya, cuando llevaba la segunda lectura, me vino a la mente el recuerdo de un libro maravilloso de José Carlos Mariátegui, que marcó a nuestra generación y que de manera modesta tituló “7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana” y que Gardeazábal, sin proponérselo, en 9 cajones, diseñó nuestra historia de la cual llevamos él y yo 60 años hablando, en medio de las venturas y desventuras de nuestros contemporáneos.
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