La actitud dañina de algunos jueces de garantías y de algunos magistrados de Altas Cortes que no cumplen con el Estado de Derecho al que se comprometieron no solo cuando se graduaron sino cuando tomaron posesión de sus cargos, está relacionada con el desgreño, la corrupción, el caos y la violencia que padece nuestro país. Tal parece que muchos de ellos tienen compromisos con aquellos que quieren ver al país en llamas para después aparecer, buscando posicionamiento electoral, como los profetas de la salvación de Colombia. Esa es una vieja estrategia utilizada para desvirtuar la gobernabilidad de un gobierno que hace lo imposible por enderezar los entuertos de su antecesor. Una estrategia peligrosa que de alguna manera causa algún daño a la democracia, pues sabemos que aparte de desestabilizar el país, le sirve a quienes como opositores buscan tomarse el poder a como dé lugar. Eso de no investigar y condenar a reconocidos políticos comprometidos con actos corruptos plenamente comprobados, de no ser consecuentes con actos vandálicos donde se perjudica la inversión de muchos empresarios y la tranquilidad ciudadana, también con hechos comprobados, es la funesta tergiversación de la justicia que lamentablemente vivimos los colombianos. Y algunos jueces y magistrados hacen mutis por el foro, debido a que en este país no existen fuerzas superiores y gobernantes con pantalones que convoquen al país a reformar la justicia y al Congreso, desde donde nacen muchos males estructurales de la nación. Claro es, como ha sucedido en otros países, que los que tienen empiezan a sacar sus fortunas para otro lado, temerosos de ver caer sus esfuerzos de tantos años en manos de teóricos que solo se conduelen cuando tienen a miles o millones de sus conciudadanos pobres en un puño para hacer con ellos experimentos ideológicos que solo conllevan más miseria, es decir, vivir la experiencia ya conocida de nivelar a todos por lo bajo.
Razón tenía el expresidente de la Corte Suprema—Augusto Ibáñez—cuando dijo que más temprano que tarde llegaría a Colombia el “gobierno de los jueces” y, en medio del resentimiento social de este señor, vemos que tenía razón. Sabía por qué lo decía y lo vislumbraba, gracias a sus fuertes lazos de amistad con el gobierno anterior.
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