El próximo 8 de marzo el país tendrá una oportunidad crucial, en democracia, de dar un viraje que permita recomponer el rumbo, recuperar la seguridad, la estabilidad y, sobre todo, la confianza en la institucionalidad.
Las elecciones legislativas son, quizás, la cita más importante con la democracia que tendremos los colombianos este año, pues de la elección del nuevo Congreso depende la definición del poder legislativo para los próximos cuatro años, donde se dictará el rumbo del país con base en sus leyes, en la aprobación de presupuestos y en ser el contrapeso necesario para el poder ejecutivo.
En ese sentido, lo que está en juego no es poco. En esta oportunidad la indiferencia, reflejada en abstencionismo, no es una opción si de lo que se trata es de avanzar como país en las necesidades urgentes que tenemos los colombianos.
Pocas veces en la historia reciente unas elecciones han sido decisivas como las que nos convocan este año y veamos por qué:
Vivimos un momento en el que la violencia vuelve a marcar la agenda diaria, en el que los colombianos se despiertan con noticias de atentados, amenazas, retenes ilegales y ciudadanos asesinados mientras cumplían su deber.
Un país donde hacer política, ejercer liderazgo o simplemente trabajar por lo público se ha convertido, otra vez, en un riesgo de vida.
Mientras tanto, miles de familias en Córdoba y Sucre lo han perdido todo por las lluvias. Casas inundadas, cultivos arrasados, comunidades enteras esperando respuestas.
Y lo que debería ser una institución dedicada a salvar vidas y atender emergencias —la UNGRD— hoy está manchada por escándalos de corrupción que indignan y duelen.
Porque cuando la ayuda se roba, no solo se pierde dinero: se pierde dignidad y se condena a los más vulnerables.
A esto se suma un clima de zozobra que no podemos normalizar: amenazas del ELN, advertencias sobre posibles atentados, intentos de infiltración en espacios educativos y maniobras para interferir en los procesos democráticos.
Todo esto ocurre mientras algunos prefieren minimizar, relativizar o mirar hacia otro lado.
Pero Colombia no puede seguir anestesiada. No puede acostumbrarse al miedo, a la corrupción ni al desorden público como si fueran parte inevitable del paisaje.
Por eso, la jornada electoral del próximo 8 de marzo no es una fecha más en el calendario. Es una decisión histórica. Es el momento en el que cada ciudadano debe preguntarse, con honestidad:
¿Quién está trabajando de verdad por el país?
¿Quién defiende la democracia sin ambigüedades?
¿Quién tiene la experiencia, el carácter y la coherencia para enfrentar este momento crítico?
Votar no es solo un derecho: hoy es un acto de conciencia. Nuestro Partido de la U es el partido de la gente, el partido que hizo justicia al sacar adelante el proyecto de cero cobros por reconexión en servicios de telecomunicaciones, el partido que logró el incremento del presupuesto del deporte, el partido que desde el Congreso ha trabajado para proteger la dignidad de los habitantes de calle.
Desde La U, reglamentamos la ruta de atención para mujeres víctimas de violencia de género. Somos uno de los partidos con mayor actividad legislativa en este periodo que está terminando, y esperamos seguir representando el sentir de los colombianos, con voz y voto para estos próximos cuatro años.
Colombia necesita orden, sí. Pero también necesita unidad, sensatez y liderazgo responsable. Necesita un Congreso que legisle pensando en la gente y no en el caos.
Miremos el país que tenemos y decidamos, con responsabilidad, el país que queremos construir. Porque el futuro de Colombia no se juega en discursos incendiarios ni en el miedo: se juega en las urnas.
Y esta vez, no podemos fallar. Vota por el logo del Partido de la U este próximo 8 de marzo al Senado y la Cámara de Representantes en cada región.
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